Retener en éter



“No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.”

EL Jardín de de los senderos que se bifurcan -Jorge Luís Borges


Antonio estaba recopilando un montón de antiguas fotografías perdidas entre cachivaches polvorientos. Esas fotos formaban parte del alijo recuperado de casa de sus abuelos, ahora ya difuntos.

Demasiadas cajas polvorientas y pilas sui generis para tener claro por dónde empezar, aún así, Antonio decidió que un primer vistazo a los retratos y estampas archivados apretujadamente en cajas de zapatos era un buen comienzo, y una oportunidad para recordar o descubrir.

Iba pasando las imágenes rápidamente ante sus ojos, y después de un segundo de análisis, las devolvía a su lugar. Gente desconocida, de mirada triste, que gritaban a Antonio que los liberará de aquella cárcel de papel. Era como si sus almas hubieran quedado atrapadas, como si todas aquellas paparruchas que solían creer los indígenas fueran verdad. Había retratos, sí, pero también monumentos, iglesias, niños corriendo o de primera comunión, y tantas y tantas personas que pese a estar muertas, tenían toda una vida por delante. Cuando iba más o menos por la mitad y casi ya había decidido dejarlo para otro momento, una de la imágenes le llamó la atención, y se quedó mirándola fruncicejo. Se trataba de un retrato de un grupo de personas. Entre ellas pudo reconocer a su abuelo Eusebio de joven. Se hallaba ante unas columnas enzarzadas y de corte peculiar, que a Antonio le resultaban terriblemente familiares.

Dejó la fotografía sobre la mesa y fue a prepararse un té bien dulce, una actividad que solía ayudarle a pensar. Tras un instante, con el vaho saliendo de la taza y recorriendo sus mejillas, dio con la respuesta: se trataba del parque Güell, no cabía duda.

El parque Güell era una de tantas obras que el arquitecto modernista Gaudí había dejado para ornamentar y acicalar la ciudad de Barcelona. Pensado como balneario en un principio, por aquel entonces, cercanos al año 2000, se había convertido en un souvenir más, concurrido por miles de turistas cada día. El ayuntamiento se había encargado de sacarle la maleza y limpiar los mosaicos. Aunque aquella fotografía, con el toque salvaje de la entrada a unas ruinas abandonadas, distaba mucho del recuerdo que guardaba Antonio en su memoria del paque.

Antonio terminó abandonando la clasificación del polvo y los ácaros para más adelante, y lo guardó todo en el altillo, junto a extraños artefactos de teletienda y botes de pintura. No hay que mencionar que Antonio no volvería a revisar nunca las fotografías. Todo lo que entraba en el altillo quedaba almacenado irremediablemente, quizás al cavo de muchos años o incluso los próximos inquilinos tuvieran el valor de sacar lo que ahí aguardaba.

Así pasaron las semanas y Antonio siguió con su vida plácida, de casa a la oficina, de la oficina a casa, matasellando y apuntando con letra diminuta y enfermiza en la agenda citas y demás eventos. Un tarde, al salir antes del trabajo, decidió coger el autobús e ir a visitar el parque Güell, ese parque que apenas recordaba de pequeño, cuando jugaba en la arena al lado de su madre, ese parque de la fotografía de su abuelo, selvático y misterioso.

Al llegar tocaban las 8 de la tarde, y las infinitas cámaras pegadas a un turista que atiborraban la zona durante el día se habían ido diluyendo poco a poco en sus hoteles. El parque seguía, con escasa diferencia, tal y como lo recordaba de su niñez: la salamandra de trencadís, la gran escalinata, la fuente gorgoteante. Desde encima de la sala hipóstila Antonio podía contemplar la ciudad humeante, bulliciosa y enfadada, que contrastaba con la dulzura mágica de las casas de Hänsel y Gretel. En contraposición con la sucia realidad de la urbe, las formas orgánicas e imposibles que conformaban el recinto parecían pertenecer a otro mundo, un pellizco de ensueño flotando en el asfalto.

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Saliendo de la zona más concurrida, un paseo de tierra rodeaba el parque como una serpiente mordiéndose la cola. Por él, intermitentes enjambres de corredores aparecían con rítmico galope, para desaparecer al instante. Antonio siguió la corriente del sendero que subía zigzagueante hacia la cubre del recinto. Caminos que se dividían y la creciente espesura. Al poco, se encontraba solo, con la crepuscular luz del atardecer tiñéndole la espalda. Al final de su trayecto, en la cúspide, una montaña de piedras coronada por tres cruces marcaba el punto más alto del parque.

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Antonio se sentó en las escaleras que bordeaban el Calvario con signos visibles de cansancio por la subida. Respiró profundamente, y clavó la mirada en el la montaña del Tibidabo, trazada en el horizonte noroeste. Por le ocaso las sombras se alargaban de forma terrible, y la oscuridad embadurnaba lo que el rojo no se atrevía.

Distraído, sacó las llaves de casa, y sin saber exactamente por qué, presa de un instinto atemporal, escribió con ellas en la piedra: “Retener”.

* * *

70 años atrás su abuelo Eusebio ascendía por la ladera del parque Güell donde había ido a pasar el día con Anna, la chica con la que actualmente festejaba y sería su futura mujer, así como un grupo de amigos de los dos. Después de deambular ensimismados, comer un piscolabis en la hierba, y reír largo y tendido, todos ellos se habían ido a casa dejando a Eusebio solo. El parque se encontraba desierto, pocos eran los que se aventuraban cuando menguaba el sol entre sus muros, temerosos de topar con ladrones o locos.

A Eusebio le sorprendía enormemente la excentricidad de la arquitectura ahí imperante, enroscándose sobre si misma, latente y viva, y aún más si cabe, el hecho de haber detectado el símbolo de la orden de la Rose Croix en uno de los plafones del techo de la sala de columnas dóricas. ¿Se trataba quizás de un templo masónico encubierto? —fantaseaba él—. ¿Un centro ritual de significado oculto y esotérico, donde bandas de acólitos en túnicas negras realizaban ceremonias dedicadas a entes innombrables y blasfemos?

Bien era cierto que Eusebio desde hacía tiempo sospechaba que todo aquel movimiento modernista escondía algún tipo de filosofía mística detrás. El naturalismo, las formas serpentinas y ancestrales, le despertaban la intuición de que aquello pertenecía a una devoción remota, pre-romana, de cuando los dioses y los hombres aún habitaban la misma tierra. Absorto en estos pensamientos llegó a una encrucijada. Sin pensarlo, con el objetivo de alcanzar la cúspide del parque, pasó entre las dos bifurcaciones monte arriba.

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El crepúsculo asomaba en el horizonte cuando llegó al Clavario, esa antigua capilla cubierta y tapiada con piedras a forma de túmulo megalítico. El viento gimoteaba a intervalos, y por un instante, la luz que se proyectaba sobre el prisma de la realidad mostró un espectro poco habitual. Alguien había grabado en una piedra la palabra «Retener», y Eusebio, aficionado a los palíndromos, no pudo soportar la tentación de completar con un canto afilado «… en éter».

En esa misma piedra el tiempo formal se había doblado. Realmente, Antonio no escribiría nada, como en un espejo, simplemente el pasado se reflejaría al revés.

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Comentarios: (3)

3 pensamientos en “Retener en éter

  1. Es curioso todo lo que entorna a la historia de este parque. Durante su construcción los periódicos de la época se mofaban de su diseño y lo que tenia que ser una gran zona residencial se convirtió en el primer fiasco urbanístico de la ciudad.
    Por cierto, lindas fotos.
    Saludos

  2. Sí, tienes razón. ¡Cuantos cuentos e historias se podrían contar sobre el parque Güell! De pequeño, mi escuela estaba a su lado, y hacíamos el recreo en él. Jugando en sus entrañas siempre descubrías algo nuevo.

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