El efímero legado del electromundo



Es común pensar que a diferencia de la historia antigua, donde tanto se ha perdido u olvidado –¡más se perdió en Alejandría!, Debería rezar el dicho[1], el mundo actual legará a los historiadores del futuro una minuciosa recopilación de detalles sobre la humanidad contemporánea. Millones de fotografías de gatos, ciudades y personas, o ingentes mares de blogs o archivos word donde se plasma la forma de vida del hombre del siglo XXI.

Esta idea tan frecuente,  con su lógica amparada en la evidencia de la descomunal mole de información que generamos día tras día, no ha tenido en cuenta un factor importante, que es el soporte que salvaguarda todo aquello que creamos en el universo digital: desde las imágenes de las vacaciones en Cancún hasta el listado excel de productos de nuestra empresa. Vivimos, quien más quien menos, sumergidos –o tal vez encadenados– en  un mundo de bites y estímulos eléctricos, que por una magia similar a la que hacía crepitar el fuego en las hogueras de nuestros antepasados, genera entornos simbólicos virtuales, luminosos, donde trabajamos, nos distraemos, y hasta amamos. Desafortunadamente todo se almacena en un soporte muy frágil, tecnológico, que además requiere de intérpretes específicos para reproducir su contenido.

Si nos planteamos cuánto durará la información que almacenamos en nuestros ordenadores o en servidores remotos, la optimista perspectiva inicial cambia sin remedio, pues tenemos que tener en cuenta varios factores que apuntan a hacia la mortandad de la información como el escenario más probable:

Existe una parte física, tangible, que contiene la información, esto es el disco duro. Sería fácil pensar en él como una añeja caja de música o una tarjeta perforada, de estructura firme y duradera, pero realmente su complejidad lo hace mucho más sensible. Venimos de las cintas de cassette y videos VHS, sistemas que se degradan con el tiempo y el calor, y de los cuales se perderá en pocas décadas el material que no haya sido transferido a digital. Sus sucesores, los CDs que supuestamente deberían de haber durado 100 años, en gran medida, aquellos que grabé hace 10 años ya no funcionan. Pensar entonces que el disco duro, más reducido aún en cuanto a los elementos que guardan los datos, podrá soportar siglos, me parece por lo menos, cuestionable.

Tenemos por otra parte el factor circunstancial. Las empresas que gestionan los servidores desaparecen, tarde o temprano, y con ellas sus servicios e información. Los ordenadores se estropean, se corrompen los clústers, o simplemente borramos lo que creemos que ya no nos es útil. Parecido a la falacia de aquellas personas que son criogenizadas después de muertos, y no atinan en plantearse que seguramente  la empresa que se encarga de mantenerlos bien fresquitos, no durará más de digamos 50 años y nadie va a conservarlos gratis después, la información digital tiene una vida que debe ser alimentada económicamente, y que en un determinado momento lo prescindible, indudablemente, será borrado.

Ya no hablemos de que el mundo gira –léase cambia–, a pesar de lo que crean aquellos que auspiciaban que su vida seguiría igual durante los próximos 30 años y pidieron una hipoteca, y ahora quieren que quienes no pedimos una hipoteca entonemos su mea culpa. Lo que nos deviene el futuro no sabemos qué será, pero por cotejo histórico puedo asegurar que no será una plácida línea ascendente, y entre salvar el portátil o la vida muchos escogeríamos salir por patas. Creo que es probable que se pierda la mayor parte de la monstruosa información actual entre guerras, olvidos y pragmatismo, en los próximos 500 años.

Así que el efímero legado del electromundo, quizás no sea tan grande cómo creíamos. Puedo imaginarme a los arqueólogos del futuro[2]  con un pincel, apartando el polvo con cuidado de un spectrum o un iphone enterrado, conociendo nuestras costumbres por los vertederos, verdaderos ajuares funerarios del siglo XX, y nuestra poesía por los grafitis en estaciones de tren sepultadas.

Después de lo dicho, creo que voy a imprimir algunas de mis fotos.


Notas:

  1. ^ El refrán original es “más se perdió en cuba” o “más se perdió en Cuba y vinieron silbando”, y hace referencia a la guerra Hispano-Estadounidense de 1898, donde España perdió Cuba, Puerto Rico, las Filipinas y Guam. El significado viene a ser el “podría ser peor” o el “tampoco hay para tanto” tan común en el refranero.
  2. ^ La idea del post surgió de un comentario de un arqueólogo en el programa “Sota Terra” de TV3, donde plantaba justamente la posibilidad que en el futuro nos estudiaran igual que hoy estudiamos a las culturas antiguas, mediante la arqueología y unos pocos datos fragmentarios.

Podcast: Escuchar | Descargar
http://www.ftmassana.com/mp3/electromundo.mp3 ( 4:26 — 3.5MB)


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