Espejos circunflejos: C. IV




[ Novela «Espejos circunflejos» ]
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CÁPSULA IV
PEQUEÑO ESPIRITU

Apenas habiendo dormido nada, Niván llegó a la estación central del nodo. El pobre ciclón estaba sin aliento por la carrera, y su creador musitó un abatido «lo siento» antes de llevarlo a reciclar al arca pública.

La agitación de la gente arriba y abajo para tomar su vaina de transporte, entre despedidas y encargos de última hora, le recordó a Niván el ajetreo del hospital. Tenía esa misma sensación de soledad en medio de la multitud que nacía del hecho de no conocer a los demás transeúntes. Se los miró inmóvil, presa de un sueño que le cerraba los párpados y se veía incrementado paulatinamente por el constante y amortiguado eco de pasos y charlas.

Los tubos de las conexiones que llevaban a los demás nodos confluían en el edificio central, en tres plantas a las que se accedía por rampas espirales. Un gran reloj esférico en el eje de la construcción marcaba el tiempo restante para la próxima salida, en una medida propia, ajena a cualquier otro evento que no fuera la salida periódica de los transportes. Niván observó aliviado que aún le quedaban suficientes minutos como para no tener que ir todavía con más prisas, y el cansancio, hasta entonces dejado de lado ante la impresión de que llegaría tarde, hizo acto de presencia y cayó sobre sus hombros como una pesada losa. Sabía que podría reposar en breve y dormir un poco, e igual que le pasaba cuando intentaba aguantar las ganas de orinar, al estar cerca del destino las resistencias fisiológicas parecían ceder. Conque Niván se dejó atrapar por el sueño.

En sus condiciones consideró que la interminable rampa espiral le supondría un esfuerzo innecesario, y subió a la planta superior por un elevador. Al llegar arriba se alegró de haber tomado tal decisión, percatándose de la considerable altura que hubiera tenido que remontar. Desde ahí arriba podía contemplar el nodo en su conjunto y las conexiones cercándolo, que semejantes a tentáculos florecían en forma de estrella desde la estación donde se hallaba, perdiéndose en la lejanía. En la cuña de 45 grados que establecían las conexiones Noroeste y Oeste, a medida que se ampliaba el área que las separaba, se podían distinguir las matrices al final de los caminos, radiantes bajo el intenso sol de la mañana. A Niván la estampa le recordó las ramas de un árbol con sus frutos colgando. Entonces, su mente empezó a divagar sobre la idea, y en su imaginación una historia sobre que ellos eran cerezas y venía un hurraca a picotearlos comenzó a cobrar vida en imágenes. Al darse cuenta de que empezaba a soñar despierto, parpadeó con fuerza y se sacudió la cabeza. Miró el reloj y después la estancia globular donde debía esperar la salida de su transporte. Algunos pasajeros ya habían tomado asiento en la vaina, tumbados en surcos adaptables, charlando con el vecino o distraídos en subrealidades varias. Aún quedaba mucho espacio, y Niván fue a echarse lejos de la gente, con la esperanza de poder descansar durante el trayecto.

Cerró los ojos. Al abrirlos, trascurridos escasos segundos según su apreciación subjetiva, el reloj ya marcaba la hora en punto y se iluminó: era el momento de partir. La vaina se selló, y quedó suspendida en la atmósfera gaseosa de dentro de la conexión. En un palpitar orgánico, Niván pudo apreciar como brotaban burbujitas alrededor del vehículo. Sabía que eran debidas a la compresión de la vaina que iba a ocupar ese lugar y ahora estaba llegando. A continuación se dibujaron unas líneas de presión en el elemento en que flotaba el transporte, con una curiosa reacción que hacía que el material pasara de gaseoso a líquido y viceversa, según una calculada interacción de fuerzas. Adormilado, a Niván el espectáculo se le antojaba precioso.

La vaina donde yacía Niván inició su camino con una aceleración constante y pronto los árboles cercanos del exterior se fueron difuminando. Niván dio orden al núcleo del transporte de que lo despertara al llegar a su destino, y antes de volver a cerrar los ojos, pasó fugaz por su lado la vaina que circulaba en dirección contraria. Cuando sus párpados solo dejaban entrever una fina rendija de luz, previamente a dormirse por completo, distinguió las seis vainas contrarias que llegaban simultáneamente a la estación, mientras sus homólogas se alejaban hacia los puntos cardinales. Resultaba una sincronización agradable, precisa y delicada, que reafirmaba a la mente de Niván que el mundo seguía funcionando y todo parecía estar correcto, que podía descansar un rato sin preocuparse por absolutamente nada.

Muchas inquietudes habían estado rondándole la cabeza las pasadas jornadas, y de forma inevitable con el dormitar llegaron los primeros sueños de desahogo. En el sueño en que se sumergió se vio sentado en un acantilado, desnudo, con una fresca brisa que le acariciaba las piernas. A sus pies, a miles de kilómetros de distancia, aparecía una sinuosa costa con sus palmeras, sus playas arenosas y su mar, todo ello borroso e indefinido a causa de la altura. El océano se veía inmenso desde el acantilado, y el sol se reflejaba brillante en su superficie con un vaivén de diminutos destellos propiciados por el oleaje. A pesar de la altura absurda del saliente, Niván no sentía ningún miedo, y se notaba relajado. Jun se acercó por detrás y se sentó también sin ropa junto a él, llevando en las manos un par de papayas maduras. Mientras comían el dulce fruto tropical, se sonrieron con complicidad, cayéndoles chorreones de jugo por las mejillas y el cuello. Ahora Niván ya no contemplaba la escena desde afuera, sino que el sueño cambió a su plano subjetivo de visión, hubo un salto que la mente adormilada de Niván consideró de lo más normal. Desde esta nueva perspectiva Jun sonreía y tenía los dientes negros. Preguntándose el porqué Niván examinó su papaya, que tenía aspecto de ser totalmente corriente, pero en la lógica onírica los dientes ennegrecidos de Jun no tenían mayor trascendencia y Niván siguió engullendo el dulce néctar del fruto. Entonces se percató de que la barriga de Jun empezaba a crecer y a crecer. La chica comía y comía de la papaya, que no se terminaba, y su barriga iba creciendo. Sobresaltado, Niván retrocedió y se puso en pie, pero su amiga no paraba de enseñarle los dientes negros, ajena a los acontecimientos, hinchándose de manera monstruosa. Niván quiso decirle algo, pero se dio cuenta de que no tenía voz, que era impotente ante la metamorfosis de Jun.

De repente el crecimiento se detuvo, y Niván restó unos segundo expectante sin saber qué hacer, contemplando atónito a su redonda amiga tumbada en la hierba, inerte y a punto de explotar. Fue en ese momento cuando la barriga de Jun empezó a decrecer, y mientras lo hacía de su vagina emergió algo rojo que al principio Niván no llegaba a distinguir, pero que un instante más tarde, se definió como una escolopendra gigantesca que se retorcía y movía sus cientos de extremidades de forma frenética. Antes de que Niván pudiera reaccionar, el horripilante ciempiés de casi dos metros de longitud, correteó alterado por el borde del precipicio hacia él. Fue tal el pavor que invadió a Niván, que tuvo un espasmo en el asiento de la vaina en el mundo real, y en el ensueño, creyendo que así se libraría de aquel bicho que iba a por él, se precipitó por el acantilado.

Por la angustia despertó levemente. La pesadilla se había disipado y volvió a dormirse. Su memoria no retuvo ningún otro sueño, y el trayecto, de siquiera una hora, le relajó tanto que al llegar a su destino sintió como si hubiera descansado una noche entera. Los demás pasajeros, que en principio le habían parecido algo hostiles al no conocerlos, ahora los juzgaba cercanos, simpáticos y amistosos. «Ha llegado el momento», se alentó. Pero al dejar la estación paseó distraído por el nodo 3409 antes de generar un ciclón en el arca pública. Siendo la primera vez que visitaba la zona y quedando aún un buen rato para la cita, se entretuvo contemplando la biotectura del lugar, demorando el momento de dirigirse hacia el consultorio de justicia a esperar al niño.

Una vez llegó al astrio, a la hora fijada, confirmó que la vacuidad del edificio no era una característica propia solamente del astrio de su nodo. Aquí tampoco se veía a nadie, y la penumbra helada del interior resonaba con igual eco, aunque a tenor del inclemente sol del exterior fuera una lobreguez casi agradable. El tiempo de la espera se dilató de manera exasperante, y la sobriedad del lugar no ayudaba a que Niván se entretuviera. Sin contar la cenefa que recorría la parte inferior de la estancia y las betas de la paredes, poco más había en qué fijarse para distraerse y pasar el rato. Pero al fin, el blando ruido de un ciclón llegando por la carretera alertó a Niván, que se giró de inmediato hacia la gran puerta rectangular de la entrada. La luz lo cegó al principio, pero después, distinguió las siluetas de un niño y su tutor acercándose cogidos de la mano.

—¿Niván Sumegoba? —preguntó con voz intensa el hombre que acompañaba al niño.

—Sí, soy yo.

El mozalbete miraba fijamente a su futuro tutor con unos grandes ojos negros. Tenía el pelo rizado y oscuro, y era más bajo de lo que esperaba Niván, que se alegró en comprobar que el rostro del crío no transmitía miedo, sino curiosidad y expectación. Cuando llegaron hasta él, Niván se agachó levemente para quedar frente a frente con el niño.

—Hola, soy Niván.

—Hola, yo soy Anūp.

De retorno a casa en la vaina, ocasionalmente Anūp miraba de reojo a Niván, pendiente de sus reacciones, analizándolo en un acto reflejo de su curiosidad infantil. Habían completado todos los trámites y Alim, el anterior tutor, había expuesto a Niván por encima qué áreas del conocimiento habían estado trabajando. Hacía un año que le implantaran al crío el enlace permanente, pero este aún quedaba bajo la censura del adulto que lo tuviera a su cargo. Apenas habiendo hablado en el transcurso del camino hasta la estación, puesto que el ciclón tampoco era un sitio muy propicio para conversar, ahora Niván se estrujaba los sesos en qué decirle. Descubrió que como más intentara encontrar el tema adecuado para aquel primer contacto menos se acercaría a hallarlo, y se frotó las manos, silencioso y algo nervioso.

—¿Tienes hambre? —preguntó finalmente Niván.

—No —respondió con una sonrisa el niño—. ¿Y tú?

—No. Tampoco.

Fuera de la vaina el paisaje cercano se difuminaba en una rítmica consecución de arbustos y helechos. Anūp estaba ensimismado imaginándose que volaba junto a la vaina, esquivando aquellos obstáculos veloces que tal como aparecían, se esfumaban. Lejos, un macizo rocoso ceniciento y de picos redondeados sobresalía del panorama, con semblante desubicado en un entorno mayormente llano y boscoso.

—¿Vamos ahí? —indagó Anūp girando la tez.

—No, pero estaremos cerca, desde mi matriz se ven esas montañas, aunque el nodo está algo más al Este. ¿Te gusta ir al campo? Si quieres, podríamos ir a subirlas, desde su cima se ven muy bien las estrellas.

—Sí, me gusta hacer excursiones. Una vez con Alim fuimos a… —Anūp buscó un topónimo pero no lo halló—, a una montaña donde hay un templo antiguo arriba, me cansé mucho pero fue muy divertido. Desde arriba se veía todo. Me subí a un árbol —confesó orgulloso.

—Pues ya iremos ahí algún día —dijo Niván señalando la lejanía—, es fácil escalar los picos, como son romos.

—¿Por qué tiene esa forma… Ne… —dudó Anūp porque no había afianzado todavía el nombre de su nuevo tutor—, Niván?

«Buena pregunta», admitió para sus adentros Niván. Realmente nunca se lo había planteado y desconocía los pormenores de aquella estructura geológica, así que optó por una respuesta genérica.

—Creo que es por la erosión del agua y el viento.

—Ah.

Haciendo trampa, Niván se conectó a la médula para acceder a información del macizo, e intentar camuflar así su ignorancia sobre el tema.

—Antes esa zona era el delta de un río —explicó entonces Niván—, hace muchos millones de años, cuando aquí había un mar interior.

—¿Antes esto era un mar? —exclamó Anūp sorprendido.

—Por lo visto sí —reconoció Niván, igual de extrañado por la noticia. Por el tono, Anūp sonrió, consciente de la triquiñuela que había utilizado Niván rescatando los datos a través de la médula.

Mientras conversaban fueron pasando los minutos, y gradualmente creció la confianza entre ellos. En especial Niván, cohibido al principio, descubrió que aquel niño no le juzgaba, si juzgar era recriminarle una cierta inmadurez, y parecía solo estar deseoso de conocer a su nuevo tutor. Le sorprendió su buen carácter y su predisposición a relacionarse, y rememoró su propia infancia para compararla, donde él había desarrollado un carácter mucho más huraño y temeroso. Se planteó que quizás fuera debido a que él no había pasado por la Habitación de las Turbaciones, pero haciendo cuentas, se percató que Anūp tampoco le había tocado todavía pasar por dicha fase del aprendizaje, aunque le quedara poco para ello. De tal manera que la forma de ser de Anūp, abierta y alegre, respondía al cariño y buen hacer de sus anteriores tutores, y no a la inducción psicológica troncal de la Habitación de las Turbaciones. ¿Acaso él mismo no había sido educado también por personas cariñosas? —se increpó Niván—, y sin embargo ahí estaba la diferencia entre los dos, producto de sutilezas en la enseñanza difíciles de precisar. Quizás en su pasado —continuó reflexionando Niván durante el trayecto— residía algún trauma oculto, olvidado u ocultado, que definió su manera de ser, su miedo, que consideraba la base de su inseguridad.

—¿Por qué has pedido mi tutela? —le espetó Anūp a Niván en un momento dado del viaje.

—Bueno, yo… —cogido por sorpresa y sin saber muy bien qué decir, Niván tartamudeo ligeramente—. Yo creo que es una experiencia que se debe tener, y además, todos fuimos educados por la sociedad, por personas que eligieron hacerlo, y… y creo que hay que devolver lo bueno que a uno le han dado. —La mirada curiosa de Anūp, que no se había visto modificada por la explicación de Niván, hizo que este siguiera con sus razones—. Ahora, cuando vayamos a mi matriz, nos encontraremos a algunos de mis amigos. Verás, son personas muy agradables. Jun es una de mis amigas, y estoy pensando en proponerle que sea mi pareja procreativa. Eso me hizo reflexionar sobre el tema de la reproducción, y entendí que la tutela es la única manera de vivir esta experiencia tan… humana.

—No entiendo lo de la pareja procreativa y la tutela. ¿Qué quieres decir?

Niván no sabía cómo había llegado a ese punto tan íntimo, pero convencido de que era él solo quien se liaba, creyó que una vez aquí lo adecuado era ser sincero e intentar explicarle las cosas lo mejor posible a Anūp.

—Verás, Anūp, otro de mis compañeros es de la Cepa de la Memoria, se llama Xuga. Suele contarme muchas cosas sobre el pasado, algunas muy extrañas y curiosas. Antes, hace siglos, el ser humano se reproducía sexualmente. Se juntaban un hombre y una mujer, y después de mantener relaciones sexuales la mujer incubaba a un niño en su vientre.

—Ya, como los animales —dijo Anūp para apuntar que no le venía de nuevo el tema.

—De acuerdo —prosiguió Niván—. Hoy en día los niños se forman en bolsas germinales, y la base genética se establece por parejas procreativas que solicitan engendrar un nuevo ciudadano, que directamente nunca conocerán. Pero a diferencia de la antigüedad, donde los progenitores, siempre un hombre y una mujer, tutelaban a su hijo, en la actualidad lo hace la sociedad.

—La demopedia —aportó Anūp.

—De tal manera que para educar a un niño y vivir la experiencia humana ancestral de la cría, hay que solicitar la tutela. Es una parte muy importante de la experiencia vital de un ser vivo, y por eso quería hacerlo, además de por las razones que te dicho al principio.

—Creo que lo entiendo —asintió Anūp pensativo—. Todos los seres vivos quieren tener hijos. Pero…

—Es inherente en la condición de la vida, que es un algoritmo de perpetuación —amplió Niván.

—Pero los ciclones o las matrices, o esta vaina, también están vivos… ¿Por qué no tienen niños?

—Verás, los organismos biotectónicos se regeneran, pero no se les da capacidad de reproducción, porque entonces podrían acondicionarse a su fin primero, que al ser seres vivos es la conservación y perpetuación de ellos mismos. Esto podría ser un problema si entrara en conflicto con el ser humano —dijo Niván, e hizo una pausa buscando en su memoria datos que concretaran su explicación—. Ya hace muchos siglos, al final de la Edad Eléctrica creo que fue, hubo la “rebelión de los útiles”. Fue un problema mayúsculo que tuvo que superar la humanidad al crear las primeras formas de vida, y ocurrió por no entender en profundidad que la vida es sencillamente la tendencia a la perpetuación, por delante de cualquier otro precepto.

—Ah —musitó Anūp antes de quedarse callado.

Satisfecho por haber aplacado las preguntas del chiquillo de forma exitosa, Niván sonrió para sus adentros y se puso cómodo en su plaza de la vaina. A pesar de estar sorprendido por la voraz curiosidad de Anūp, que en tan poco tiempo le había avasallado con tal cantidad de cuestiones, Niván se sentía realmente satisfecho de poder aclarárselas.

Una vez en la matriz, junto a Jun, Andara y Xuga, el pequeño Anūp enseguida se soltó por completo, y empezó a disfrutar como el chiquillo que era. Estaba en el lapso que va entre la infancia y el comienzo de la adolescencia, y esto provocaba que a menudo intentara hacerse el mayor, aunque en su interior aún fuera un niño. Así que perdido el ápice de mesura que había demostrado unas horas atrás ante Niván, mesura por cautela y tanteo de la nueva situación, la criatura dio rienda suelta a sus ganas de divertirse. Brincando con una pelota ingrávida, al poco de presentarse ya estaba subiéndose a la espalda de Xuga a traición para quitarle el balón, estallando acto seguido en carcajadas al caer por el suelo los dos. Nadie pudo contener la risa al ver al docto y noctámbulo Xuga rodando por la hierba, siendo la primera de una larga serie de caídas y risas que se sucedieron durante el juego. Terminaron agotados pero gozosos, jadeantes y con un sentimiento de fraternidad que tan siquiera se lograba con una actividad física impetuosa en grupo como aquella, reminiscencia animal del juego de los cachorros.

Se sentaron en círculo, y Niván agradeció por el enlace a Jun la gran idea de jugar con la pelota ingrávida. Habían bastado unas partidas a pelota para romper el hielo que quedara entre ellos y Anūp. Además Niván tenía ahora la sensación de conocerlo de toda la vida, quizás por su inocencia y su capacidad de abrirse a ellos, prácticamente desconocidos. Pensó que la tutela acaso sería más simple de lo que había creído inicialmente, y se alegró de haber tomado aquella decisión a pesar de su gran proyecto en curso. Su deber era enseñarle a Anūp tanto como le fuera posible, guiarlo en su educación no troncal y transmitirle la comúnmente ignorada voz de la experiencia, aunque a la par él también tenía mucho que aprender del niño, en un intercambio recíproco del que bien podían salir beneficiados los dos.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —inquirió jovial Anūp, sin ningún síntoma de cansancio, a diferencia de los abatidos adultos que tardaron unos momentos en contestar mientras recuperaban el aliento.

—Podríamos jugar al calabasqui —propuso Jun—. ¿Qué os parece? Es muy divertido. Mira Anūp, te explico: uno de nosotros empieza imaginando un ser u objeto, y a continuación se lo transmite a la persona que esté a su izquierda. Este amplía o modifica la imagen, y se lo pasa al siguiente, y así sucesivamente. —Concentrado, Anūp la miraba fijamente con sus grandes ojos negros abiertos de par en par—. ¿Lo entiendes?

—Sí, pero aún no sé usar muy bien el enlace…

—Tú tranquilo, así practicas, que nadie nació enseñado —dijo Jun, y zarandeó cariñosamente a Anūp—. Venga empieza. Imagina algo y me lo transmites.

—No sé… a ver… —dudó—. No sé qué imaginar…

—Mira a tu alrededor para coger ideas —le planteó Niván.

El pequeño Anūp inspeccionó el entorno con la vista en busca de alguna idea: árboles, piedras, la matriz… «¡Ya lo tengo!», dijo exaltado, y le transfirió una manzana roja a Jun. La imagen de la fruta fue deformada y dotada de piernas por la chica, y al pasársela a Andara, esta añadió unos apéndices florales surgiendo del rabillo. Niván aportó unas alas de murciélago y Xuga vistió al ser amorfo con un extraño traje para completar la aberración. Al retornar la imagen a Anūp la sorpresa le hizo esbozar una amplia sonrisa.

—Qué cosa más rara. Ahora que empiece otro —instó Anūp.

Así continuaron mientras el sol aguantó incandescente sobre ellos, pero con el ocaso decidieron dar por terminado el encuentro y cada uno marchó a su casa. Cuando todos se estaban yendo, Xuga le transfirió a Niván que debían verse para hablar de su proyecto secreto y analizar los últimos datos. Niván accedió a pasarse al día siguiente por su matriz y se despidieron con un abrazo.

A la mañana siguiente, Niván despertó y como era habitual se quedó ensimismado observado las nubes a través de la cáscara de la matriz. Quedó pensativo unos minutos, ajeno al nuevo inquilino que esperaba sentado junto al arca, pero al moverse Anūp, por el rabillo del ojo Niván tomó consciencia de que no estaba solo, y recordó que ahora un niño vivía con él. Se había olvidado por completo.

Se levantó de un salto y fue hacia el pequeño, que parecía llevar bastante despierto. Se dieron los buenos días.

—¿Has dormido bien? —preguntó Niván mientras generaba una taza de té con leche de yak.

—Sí.

—¿O es pequeña la cama que generamos anoche?

—No, está bien. Es igual que la tenía en casa de Alim.

—¿Has desayunado? ¿Quieres que te genere algo?

—Estaba esperándote, con Alim siempre desayunábamos juntos —dijo Anūp—. ¿Puedo hacerlo yo? —preguntó refiriéndose a crear él su propio alimento.

—Sí claro.

Niván recordó que hacía poco que Anūp tenía el enlace, y debía incentivarlo a practicar su manejo. También se acordó de que él tenía que darle acceso para que pudiera interactuar con el núcleo, y se recriminó su despiste matutino exigiéndose estar más atento a partir de entonces.

Dentro del arca apareció la taza de té con leche de Niván y un bol con un guiso de sepia y arroz. Anūp se comió la suculenta vianda con gusto mientras Niván lo contemplaba expectante, intentando adivinar las esperanzas e intereses de aquel chico. Le vino a la mente la razón por la que él siempre desayunaba una taza de té con leche de yak, era una costumbre que adquirió de un tutor querido, y se planteó que con seguridad alguna historia similar debía haber detrás del contundente bol de sepia de Anūp.

—Ayer por la tarde me lo pasé muy bien —dijo Anūp sin parar de engullir—. Jun, Xuga… todos son muy divertidos.

—Me alegro de que te los pasaras bien. Supongo que no tardaremos en volver a verlos, estamos a menudo en el foro por las tardes. —Niván creyó que era un buen momento para hablare al chico del tema de su proyecto en curso, y con la taza cogida con las dos manos intentó comunicarse con él a través del enlace, para que se acostumbrara~: Desde hace un tiempo estoy trabajando en un proyecto muy, muy importante, Anūp. Puede que tenga que ausentarme y trabajar varias horas concretas a lo largo del día, pero no te preocupes, procuraré que hagamos muchas cosas juntos durante los ratos libres.

Inicialmente Anūp ni se inmutó, siguió comiendo, y Niván se temió que siendo aún inexperto, tuviera los ojos cerrados, que era como se llamaba coloquialmente cuando alguien no aceptaba los mensajes ajenos. Pero tras tragar el último trozo de marisco que le quedaba en el bol, el chico levantó la cabeza.

—No importa, también Alim… —empezó a decir Anūp, pero al ver las cejas levantadas de Niván invitándole a practicar, siguió con el enlace~: También Alim y Daina solían tener mucho trabajo, pero no importa, mientras estés ocupado yo me entretengo. —Hizo una pausa—. Puedo ir también al nodo a conocer los demás chicos de la zona —aventuró Anūp con un tono mental que delataba que aquella frase había sido largamente meditada y guardada para el momento propicio.

~Sí, ya contaba con ello. No voy a recluirte todo el día para que disfrutes de mi interesante compañía —transfirió Niván pretendiendo bromear—. Los chicos de tu edad han de relacionarse y pasarlo bien con otros críos. Me acuerdo que cuando yo tenía más o menos los mismos años que tú, contaba los minutos para irme con mi pandilla al río o a jugar a los jueces.

En el rostro de Anūp se dibujó una expresión de alivio al oír aquellas palabras en la zona de su cerebro que procesaba los sonidos.

—¿Jugar a los jueces? —preguntó a voz.

~Tienes que intentar utilizar el enlace Anūp.

~Sí.

~Nada —prosiguió Niván—, un juego de cuando yo era joven.

—Ah —exclamó~. Niván, ¿qué Cepas de conocimiento estudias tú?

~Estuve interesado en la biotectura un tiempo, también la física fundamental me llamó la atención, pero me he especializado en astronomía, en la Rama de Macrofísica de la Cepa del Tiempo —explicó Niván, y como se había terminado ya el té con leche, puso la taza y el bol a reciclar en el arca.

~Ah, qué bien, entonces podrás ayudarme a comprender algunas… “cosas” troncales que son difíciles de entender.

~Por supuesto —transfirió Niván que aprovechó para ir al baño mientras mantenían aquella conversación.

~Ya podrían inyectárnoslo, sería mucho más fácil —recriminó Anūp al sistema de enseñanza.

~No es lo mismo saber que entender. Te pueden inyectar un lenguaje antiguo, o datos, para que después tú crees las conexiones neuronales propias para utilizarlo, pero entender algo es mucho más complejo, depende de varias áreas cerebrales y es diferente para cada individuo. Si te lo inyectaran, todos entenderíamos lo mismo… Supongo que entonces nadie sería original —reflexionó—. ¿Y de qué se trata? ¿Con qué temas tienes dificultades?

~Entiendo la generación, se crea materia por compensación de la potencialidad, aglutinando la densidad —recitó Anūp repasando mentalmente los lemas del temario—, entiendo que no hay vacío, sino disolución del potencial en espacio… pero, pero no entiendo la nada, que no existamos. Eso es muy extraño…

~¿Ya estás con esos temas de metafísica? —se sorprendió Niván—. Vaya. Hay algunos adultos que yo creo que nunca han llegado a entenderlo del todo, así que tranquilo. Verás… entiendes el potencial, ¿verdad? —Anūp afirmó con la cabeza, atento—, pues es como si lo aplicáramos a un nivel absoluto. En potencia podríamos existir, y si lo hiciéramos percibiríamos el tiempo y el espacio tal y como lo sentimos, pero es solo potencia, la única realidad es la nada. Somos un subproducto  de la posibilidad  en  la infinita  vacuidad —transfirió Niván, pero un dilatado silencio y el rostro impertérrito del chico le indicaron que aún no lo entendía—. A ver, sabemos que la relación entre el diámetro de una circunferencia y su longitud es Pi, o que seis más seis son doce, y estas propiedades matemáticas “son” —remarcó— sin que tengamos que plasmarlas para que sean, son por sí mismas. De manera similar estamos comprendidos en una fórmula que respeta la coherencia y es potencialmente posible, y que al ser posible permite nuestra ilusión de existir.

Ante la cara de incomprensión de Anūp, primero Niván pensó en alguna otra metáfora que le ayudara, pero sin encontrar ninguna adecuada, terminó concluyendo que era un tema muy enrevesado que a fin de cuentas, no afectaba en ningún aspecto a la vida humana ni poseía ninguna utilidad práctica directa, así que zanjó:

~Después te enseñaré unas recreaciones de subrealidad que a mí me ayudaron a entenderlo, pero que tampoco te preocupe demasiado si no terminas de verlo claro. Qué importa que no existamos si la vida, para nosotros, es justamente la apreciación de la existencia.

—Gracias Niván.


DIOSES SUBTERRÁNEOS
V

El cielo encapotado no impidió que, ajustando el espectro lumínico, Niván consiguiera adentrarse en los acontecimientos que acaecían en una tierra por mucho tiempo relegada de la luz directa del sol. Un carro con una jaula recorría la verde pradera, tremolando con los baches en un rítmico crujido de madera húmeda. Encerrados en la jaula y maniatados, Shilé, sacerdotisa del dios cornudo, y Goisten, un simple ladrón errante, se observaban en silencio. De origen y clase completamente contrapuestos, habían acabado sentenciados al mismo funesto fin, capturados para ser sacrificados a los dioses celestes, con tal de aplacar la neblina permanente que cubría las alturas desde hacía varios años.

Ella iba bien vestida, con gruesas pieles con bandas y motivos teñidos de azul que denotaban su estatus. El pelo lacio y oscuro o la tez pálida y limpia de Shilé, contrastaban con el aspecto mugriento de Goisten el ladrón, que se cubría con unos ennegrecidos ropajes que probablemente hubiera arrancado a un cadáver en el camino. Intrigado por compartir cautiverio con aquella joven dama, Goisten rompió el silencio.

—¿Y tú qué blasfemia has cometido? —indagó—. No suelo coincidir con hermosas damas cuando intentan juzgarme.

La chica le lanzó una mirada furtiva, con gran pesadumbre y despreciando la oferta de charlar con aquel bandido. Pero la desazón le oprimía el corazón, y sentía una creciente necesidad de contar su historia. No cabiendo esperar muchas más posibilidades de relatar sus penas, al rato contestó.

—Diadjarcas, el de larga cornamenta, me ha abandonado —dijo al fin Shilé—, me culpan a mí, y a sus demás hijas de la penumbra que surgió en el cielo y merma nuestras cosechas. Tú, caminante, ¿a qué dios veneras?

—Yo a tu dios lo llamo Adarjaen, pero ni él ni aquellos que dicen viven sobre nosotros nunca me han ayudado. Yo rindo culto a los genios, que aunque menos poderosos, me han auxiliado alguna vez para escapar de la muerte, o la mutilación, que vuestras leyes promulgan. Que tú estés aquí demuestra que no se puede confiar ni en los hombres ni en los dioses, y en los genios, solo a veces. ¿Y tú aún crees en tu dios?

—El mundo se ha vuelto sombrío, y la tierra donde habita el astado no puede revelar la vida que reúne sin la colaboración de aquel que resplandece. Diadjarcas está dormido, pero él no es el culpable del mal que cubre el cielo… —Los verdes ojos de Shilé brillaban humedecidos, y un par de lágrimas resbalaron por sus mejillas—. No sé si me perdonará: lo he traicionado.

—Es curioso —dijo despreocupado el ladrón, como si no estuviera él también en un aprieto—. Cuéntame por qué dices que has traicionado a tu dios, si justamente estás condenada por él —se interesó.

—Hace tiempo que en la aldea hay miradas ariscas, acusaciones cuchicheadas en la espalda. Eso no pasaba cuando Ethnú aún vivía, pero yo no aprendí todos los rituales, y mi conocimiento de los secretos de las profundidades es limitado. Anteayer amaneció tenebroso, como todos los días desde la lluvia divina que anunciaba el cataclismo, y yo no sospechaba nada del destino que me esperaba.

Shilé siguió relatándole su historia al ladrón, aunque no hablaba para él, pues sentía el deber de confesar los hechos con tal de justificarse ante los dioses. Todo había empezado dos días atrás, en el pequeño poblado de puntiagudas casas de techo de paja donde residía Shilé. Ese día despertó entumecida, el calor de sus hermanas no apaciguaba los rigores del frío nocturno que se había instalado en la Tierra. Comió unas gachas con leche mientras el resto de su familia seguía durmiendo, y procuró no hacer ruido al ponerse su indumentaria ritual habitual. Su atavío consistía en unos brillantes brazaletes, unas ropas con trazos teñidos de azul oscuro, y el más importante de los elementos, un collar con una cabeza astada que se unía al aro de cuero por el extremo superior de la cornamenta. Afuera, el lejano ladrar de los perros hacía mugir a las vacas de la aldea, y cuando Shilé salió a la fría aurora nadie parecía haberse levantado aún. Yendo hacia la colina del cuervo para llevar a cabo la liturgia matinal, se cruzó con Irial el pastor, que ni siquiera la saludó, ostentando una repentina antipatía que hacía meses que duraba. Shilé ya no le daba importancia, muchos en el pueblo le habían dado la espalda y la culpaban de no ser capaz de ahuyentar el mal tiempo, pero ella confiaba en que pronto pasaría.

Una vez estuvo en el valle que detrás de la colina del cuervo daba inicio a la floresta, hizo un agujero en la tierra, y sacó de una bolsa un pinzón todavía vivo. El ave, fuertemente atada, lanzó unos pitidos disonantes al ver el albor diurno. Pitidos que poco tenían que ver con el grácil cantar de sus congéneres en el bosque. Le retorció el pescuezo, lo enterró, y recitó un salmo al dios cornudo para que con dicha ofrenda, tuviera clemencia de los hombres e hiciera germinar las cosechas.

Esperó un instante atenta a los sonidos que la rodeaban en busca de alguna señal. Se oía el gorgoteo de un riachuelo y el crujir de las ramas emanando de la frondosa oscuridad, pero no apareció aquello que ella ansiaba, el grave berrido de la respiración del dios astado. Hubo una vez, siendo aún una chiquilla y bajo la tutela espiritual de Ethnú, en que lo notó. Hubo un día en que con los ojos cerrados percibió el humo caliente de su aliento y su gutural resoplar junto a ella, sintió su poder y la fuerza que emergía de las profundidades. Pero desde entonces el dios no había vuelto a hablarle, y se sentía perdida en su reciente compromiso como sacerdotisa de la comunidad.

Dio unos minutos más a la expectativa de la aparición de una señal, pero sin cambio alguno en la espesura, volvió al poblado. De regreso, desde arriba de la colina, Shilé avistó un carromato desconocido que se aproximaba a la aldea, y sintió que nada bueno podía llevar en aquellos tiempos de desdicha. Sus preocupaciones pronto se confirmaron, al descubrir que en él venían un sabio adorador del brillante y un par de hombres de armas.

Su condición de sacerdotisa le exigía tratar los asuntos que vinieran a discutir los recién llegados, así que fue hacia ellos tan solo entrar en el poblado.

—Seáis innumerablemente bienvenidos —saludó Shilé.

A esas horas la gente ya deambulaba por el poblado con sus quehaceres, pero ante la inesperada visita muchos curiosos detuvieron con disimulo sus tareas para prestar atención a los acontecimientos. Erchne, el cabecilla de la comunidad, estaba junto a los visitantes y dialogaba con ellos cuando Shilé llegó.

—Lo lamento, Shilé —dijo Erchne, visiblemente afectado—, el rey te exige.

—Mis poderes siempre están a la disposición del rey, y en estos tiempos difíciles, también de los videntes del resplandor —dijo Shilé, sin entender a qué se refería exactamente el dirigente del poblado.

—Son tus malas artes las que nos han traído la desgracia, adoradora de la muerte —espetó sin miramientos el religioso venido de tierras lejanas—. Hemos suplicado al brillante repetidamente que nos perdone, pero la ofensa es demasiado grande. No puede permitir que se adore a la noche, a la muerte, y por eso nos castiga.

—No adoramos a la muerte, estúpidos viejos —no puedo evitar replicar Shilé—. Si vuestro veneno es lo que traéis, podéis iros por donde habéis venido.

La chica, contrariada, miró al jefe de la comunidad en busca de apoyo, y se sorprendió en ver en él reflejados la tristeza y el sometimiento. En las cuestiones importantes, solían compartir la carga de las decisiones, pero esta vez Shilé se descubrió abandonada, sola delante los intrusos.

—Debes acatar la voluntad del rey —se disculpó Erchne algo avergonzado.

—¿Y qué significa eso? —preguntó Shilé—. ¿Que debo colaborar con quienes me desprecian?

—No —repuso el sacerdote solar—. Solo tienes que expiar tu culpa sacrificándote en un holocausto. El brillante exige sangre, y en especial de quienes le han ofendido adorando a dioses siniestros.

Querían sacrificarla. Entendiendo la situación de repente, Shilé entró en pánico, y salió corriendo sin previo aviso. Los dos guardias no tuvieron tiempo de reaccionar y saltaron tras ella poco después. Afortunadamente para Shilé, había en el poblado aún quien la apreciaba, y un perro desbocado, que conscientemente había soltado Golan el cazador, les entorpeció la carrera, dando suficiente margen a Shilé como para que se adentrara en los árboles más cercanos a la empalizada que rodeaba la aldea.

Corrió por el bosque sin mirar atrás, golpeándose con las ramas y lastimándose las manos, hasta que llegó al riachuelo, y siguió su sinuosa orilla que subía por una ladera. Al cabo de un rato, creyendo estar segura y haber dejado atrás a sus perseguidores, se detuvo para coger aliento. La arena del lecho del río estaba notablemente mojada, igual que la tierra y todas las plantas de alrededor. Era producto del cielo siempre encapotado que evitaba el secado, y de la recurrente lluvia que no daba tregua. A pesar de que en esa época del año no era extraña la humedad, resultaba excesiva, así como los lóbregos veranos pasados estaban afectando a la flora, y la podredumbre daba al bosque y al riachuelo que contenía un aspecto enfermizo, decaído, y un olor nauseabundo. Shilé se planteó si como mantenía el sacerdote solar, aquel mal era culpa de los antiguos dioses subterráneos, y era ella, y sus hermanas de confesión, las artífices del desastre que asolaba el mundo. Se quitó rápidamente la idea de la cabeza, no queriendo dudar de su dios, y decidió ir a una cueva próxima, puerta al inframundo, para implorar auxilio a las fuerzas telúricas.

Una vez allí se adentró en la oscuridad. Ethnú, su difunta maestra, solía practicar conjuros de gran poder en esa cueva, pero Shilé no tuvo tiempo de aprenderlos, y siquiera recordaba algunas fórmulas vagamente. Sabía que la ocasión requería de un ritual ancestral, tan secreto como peligroso, pero ella nunca había practicado una invocación, y temía lo que pudiera ocurrir. Armándose de coraje e intentando recrear en su mente el recuerdo borroso de los actos de su maestra, Shilé prendió fuego, a escasos metros de la entrada, a una combinación de raíces secas y hongos picudos que portaba en su saca. Se desvistió una vez consumido y con las cenizas que quedaron, se embadurnó el cuerpo, dejándose tan solo puesto el collar del dios astado colgando entre sus pechos. Aunque el frío era intenso y se le erizaba el fino bello de las piernas, procuró ignorar aquella incomodidad, y centrarse en los pasos del ritual.

Por la forma de cono de la cavidad, en los primeros pasos las paredes aparecían relativamente cercanas, pero después se abría una negra bóveda con varios túneles y ramificaciones. Con un buen puñado de cenizas en la mano, orinó apenas unas gotas sobre ellas, y dibujó en los muros de la entrada un seguido de líneas verticales a ambos lados, cerco arcano que contendría la esencia de los seres invocados. A continuación, ya en la roca que en la penumbra empezaba a expandirse, trazó círculos que tras dar algunas vueltas a la circunferencia exterior, mientras espiraba los hacía caer en espiral en un canal simbólico hacia el inframundo. Shilé se sentía atraída por los pozos espirales que dibujaba, notaba su profundidad insondable, que perforaba tanto el mundo material como su alma. Dado que la mezcla alucinógena que cubría su piel comenzaba a ser absorbida, el efecto de la sugestión era cada vez más intenso. Un escarabajo corrió junto a su palma, con el abdomen levantado como advertencia, y la mente de Shilé lo interpretó tal que un ojo que se abría en la piedra, diluyéndose la fantasía un parpadeo más tarde.

Ya estaba preparada. Con solemnidad y paso lento, con el porte fantasmagórico que confería la ceniza a su cuerpo desnudo, anduvo hacia el interior de la cueva, y cuando la cavidad de acceso a sus espaldas se mostraba como una irregular forma de blanca luz en una negrura absoluta, se postró a cuatro patas. Con voz exagerada y ronca, rascando las palabras con la garganta, recitó la plegaria que imprecisamente recordaba.

—Padre del sueño de los muertos, savia de la madre tierra, como una yegua blanca te invoco. Desde las profundidades gobiernas el mundo de los hombres, tú que enraízas la fuerza de la vida…

Así siguió elaborando el salmo varios minutos, primero temblorosa por el frío, agudizado por el contacto con la húmeda roca, después, presa de un vértigo extático, mareada y confundida, indiferente a la temperatura por un fuego interior que le quemaba los miembros. En aquellos instantes su cantar resultaba ya ininteligible, siendo un balbuceo gutural que resonaba en la caverna tal que un lamento subterráneo.

En un último esfuerzo Shilé dio tres vueltas en sentido antihorario, y en la torna final intuyó distinguir en la cegadora luz de la entrada como se perfilaba una silueta de largas astas.

—Diadjarcas… —susurró aturdida.

Apenas podía mantenerse con los brazos, y Shilé se apoyó en los codos, viendo tanto con los ojos abiertos como cerrados serpientes multicolor nadando en su oscuridad. De repente, notó algo caliente en sus nalgas. Sintió el tacto palpitante de un glande discurrir hasta su entrepierna y abrirse paso entre sus labios. Era un calor agradable, y dejó que penetrara en ella. Se consideró afortunada, en su disminuida capacidad de razonamiento, de que el dios cornudo la poseyera, y cayó en un estado prácticamente de inconsciencia, donde enlazó la experiencia con sueños y onirias.

Cuando despertó, estaba al borde de la hipotermia. Se encontraba en un aluvión del río, con los soldados que la perseguían, que la limpiaron sin muchos miramientos en las gélidas aguas. Shilé aún estaba aturdida y tardó en reaccionar. Al hacer ademán de levantarse, los perseguidores la agarraron fuertemente para impedírselo.

—Ahora, vístete, si mueres antes de tiempo el sacerdote nos lo hará pagar —le dijo uno de ellos cuando hubieron terminado.

Sin entender nada, Shilé obedeció, con un dolor punzante en los dedos y la mandíbula chirriante. Mientras se ponía sus atuendos, miraba con recelo a los soldados, poniendo en orden sus ideas para comprender lo ocurrido. ¿Había sido violada por ellos o habían llegado después de que copulara con el dios cornudo? —se preguntó—. La sonrisa pícara de uno de ellos disipó sus dudas, y enfurecida les profesó un insulto entre dientes.

—Vamos, no tenemos todo el día, ya mucho tiempo nos has hecho perder —apremió uno.

Por el lamentable estado de Shilé, los guardias mantenían una vigilancia de la chica algo laxa, quedando a unos metros de ella, apoyados en sus lanzas y despreocupados. Shilé aprovechó esta situación para salir corriendo nada más ellos desviaron sus miradas un momento. Sorprendidos, los dos soldados maldijeron y salieron tras ella, otra vez.

Sacó energías del dolor, y Shilé aceleró su carrera con la idea en la cabeza de que si la cogían, sería sacrificada. Gracias a que conocía bien aquellos parajes, pudo establecer cierta distancia con sus perseguidores, y salió del bosque en dirección a la costa. Mientras subía una verde ladera, vio que ellos también salían del bosque, y aquí no tenía donde esconderse. Corrió y corrió todo lo que pudo, hasta llegar a un acantilado que daba al mar. Detrás de ella, sus persecutores avanzaban tenaces. Resultaba evidente que en breve la alcanzarían, y a Shilé ya no le quedaban energías. Así que abandonó, sucumbió de rodillas admirando el fantasmagórico y vasto océano que en un gris blanquecino se unía con el cielo nublado en el horizonte.

—¡Compasión! Dioses Celestes, tened compasión de mí —sollozó Shilé—. Os adoraré… Renuncio a los antiguos dioses, pero tened clemencia. ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? ¿Por qué me castigáis?

Desesperada, se arrancó el collar del dios cornudo y lo lanzó por el precipicio. Poco después, al llegar los hombres de armas, se fue con ellos sin mostrar resistencia. Deprimida, la culpabilidad de haber renegado de su dios le carcomía las entrañas. Quizás Diadjarcas la estaba poniendo a prueba, y ella le había fallado. Ahora, la muerte era la única expiación posible.

Esto es lo que Shilé contó a Goisten, el ladrón, y Niván pudo conocer, en parte, por los labios de la chica.

Llegando al campo de adoración bajo el monte del águila, Shilé y Goisten se quedaron boquiabiertos al contemplar la magnitud de los preparativos para la ceremonia. Un grupo de sacerdotes con multitud de lacayos transitaban arriba y abajo, atareados en ultimar los detalles, mientras los nobles y una profusa congregación de caballeros esperaban en la parte inferior de la falda de la montaña el inicio del ritual. En el centro del campo, una gigantesca y compleja estructura de mimbre imitaba la figura de un hombre. En su interior, numerosas personas habían sido apelotonadas, y estando en su mayoría aún vivas, se movían agónicamente otorgando una plasticidad orgánica al ídolo urdido. Era la primera vez que cualquiera de los dos veía un espectáculo semejante, y quedaron aterrados por el destino que se les presentaba.

—Ni en llanura agradable de la gran ribera, ni en las tierras  blancas vi  nunca tal descomunal  ofrenda  a los dioses —dijo Goisten preocupado, que parecía empezar a sospechar que esta vez no se libraría del castigo—. ¿Acaso no habrá demora? ¿Piensan asesinarnos así sin más?

El ladrón se puso nervioso, acostumbrado a escabullirse durante el cautiverio, se le hacía difícil aceptar que había llegado su fin. Zarandeó como pudo los barrotes de la jaula, en un intento inútil y desesperado de librarse de la condena.

—Yo había oído hablar de estos sacrificios al brillante —dijo Shilé—, pero nunca tuve la ocasión de acudir a uno. Las de mi credo no éramos bienvenidas, pero nunca pensé que iban a quemarnos.

—¿Quemarnos?

Con más profusión todavía, Goisten sacudió sus ataduras, ímpetu que duró hasta que llegaron a los pies de la estructura, contrastando con la actitud resignada y dócil de la sacerdotisa. Cuando los sacaron los guardias, justamente por resistirse, a Goisten le rebanaron el cuello. Los desnudaron tras liberarles las extremidades, e hicieron que Shilé se sentara en un balancín junto al cuerpo inerte del ladrón. Varios hombres los alzaron tirando de cuerdas apuntaladas en una supraestructura consistente en 3 largos troncos, y una vez encima de la cabeza abierta de ídolo, tirando de otro estribo volcaron la madera y los dejaron caer dentro de la jaula de mimbre. El golpe fue agudo, pero dado que restaba poco para terminar de rellenar la forma y se hundió en blando, la caída no lastimó en exceso a Shilé.

Continuaron atiborrando el ídolo con los malhechores de dos carromatos más que quedaban, y Shilé iba notando la presión de los cuerpos amontonándose encima de ella, hasta que le costó gran esfuerzo respirar. El olor acre de los hombres, que excretaban y se meaban de miedo, el calor escabroso de la carne desnuda rozándose entre vivos y difuntos, o los gemidos agonizantes de los que metros más abajo estaban sucumbiendo aplastados, daban a la escena un cariz horrendo para Shilé. Aquella era una muerte cruel —pensó ella—, que sin duda agradaba a dioses crueles.

—¿Por qué? —se plateó en un hilo de voz.

Al cabo de un rato estaba todo listo. Doce sacerdotes solares rodearon el hombre de mimbre, y levantando la vista al cielo, entonando una triste plegaria. Alguien encendió la pira montada bajo el ídolo, y los gemidos se trasformaron en chillidos de los que quedaban con un ápice de vida en la piernas de la estructura. Un olor repulsivo subió con el oscuro humo, y Shilé supo que había llegado su hora. No sería enterrada, ni propiamente conducida hacia el inframundo con los ritos adecuados, pero quizás, con algo de suerte, con las lluvias sus huesos acabarían cubiertos por el lodo y podría descansar en paz, volver a la madre tierra, y preguntarle a su dios por qué la había abandonado.

La gran hoguera humana se levantó en breve sobre la cabeza del hombre de mimbre, con la cúspide de fuego danzando al viento, emitiendo un berrido sobrecogedor y un crecido calor que forzó a los sacerdotes a expandir el ruedo sagrado. Para los nobles a los pies de la montaña, aquel holocausto era como presenciar en persona la efigie viviente del mismo dios que veneraban; para Niván, era una prueba más de hasta donde había llegado la locura de los hombres.


~¿Y dónde está Anūp? —preguntó Xuga con la mirada perdida, puesto que al estar revisando los datos del proyecto por inyección visual sus retinas no respondían a los estímulos de la luz del mundo exterior.

~Lo dejé cerca del foro, en la casa de recreo con un grupito de amigos que se ha hecho —respondió Niván.

~¡Ah! ¿O sea que el chico empieza a necesitar relacionarse con otras personas de su edad para practicar las dotes sociales?

~Como nos pasó a todos a su edad, supongo —conjeturó Niván algo encorvado y con los pies apoyados en la mesa, esperando a que Xuga terminara de recopilar cierta información que había anunciado de interés.

Varias semana habían transcurrido desde aquel primer encuentro en el nodo 3409 con el pequeño Anūp, y poco a poco Niván iba comprendiendo y asumiendo cuál era, a su entender, la mejor forma de educar a un menor. Desmintiendo sus temores iniciales, la labor resultaba en gran medida natural e instintiva, y solo requería estar atento a las señales emotivas del niño para actuar en consecuencia. Niván se mostraba satisfecho de cómo evolucionaban las cosas, tanto en el plano de la tutela de Anūp, como en el desarrollo de su gran proyecto secreto.

~Ya está. Mírate esto Niván —transfirió Xuga junto a un seguido de imágenes y datos—, creo que puede que haya encontrado algo. Tanto darle vueltas a las fechas y posiciones de estos espejitos al final habrá servido de algo, además de para volverme un poco más loco —bromeó.

Niván examinó diversas anomalías y coincidencias entre reflejos que Xuga había localizado. Se cercioró que su amigo estaba en lo cierto, aunque de entrada no fue capaz de darle una explicación plausible a los datos. Pero Niván no se alteró lo más mínimo ante la novedad: su proyecto avanzaba con buen pie, y algunos de los reflejos que habían registrado hasta la fecha eran realmente impresionantes, hitos en la historia humana que ahora podían contemplar y estudiar directamente. Si el curso de la investigación continuaba resultando en las próximas semanas tan fluido y fructuoso, Niván creía firmemente que en breve podría sacarlo por fin a la luz.

~Es verdad que parece haber un patrón… —comentó Niván aún con las pupilas dilatadas, en medio del análisis—, o algún tipo de relación distributiva de los espejos. Sí, no hay duda.

La confirmación hizo sonreír nerviosamente a Xuga, que empezó a dar vueltas para uno y otro lado. Su mente había estado elucubrando posibles razones para dicha coincidencia horas atrás, y en una espiral neurótica producto de haber dormido poco, las fantasías habían crecido avivadas por la excitación.

~¿A qué  puede  ser debido?  No tiene sentido,  ¿verdad? —sondeó Xuga ligeramente trastornado, al tiempo que cogía una cajita metálica antigua y sin siquiera mirarla, volvía a dejarla en su sitio—. Nadie pudo haberlos puesto ahí, ¿verdad? Según dijiste rompería las leyes de coherencia, es físicamente imposible debido a su distancia. Pero ya lo hemos comentado alguna vez, no tenemos la verdad última: podría ser que “sí” fuera posible crear esos espejos por medio de leyes de la realidad que ignoramos, ¿por qué no? Pero entonces: ¿Por quién? ¿Por humanos? —especuló Xuga, pero su tono mental daba a entender que no creía en aquella opción, pero quería considerarla—. ¿Pero quién querría y podría hacerlo hoy en día? No tiene ningún sentido… ¿Por qué, por qué mantenerlo en secreto? Quien lo hubiera diseñado se convertiría en la persona más exitosa del siglo, no tiene sentido mantenerlo oculto. —Niván sabía bien a lo que se refería: aunque él estaba ocultando también el hallazgo con el fin de presentar un estudio completo al exponerlo públicamente, y llevarse el mérito, la idea de no darlo a conocer nunca carecía de sentido y en dicho caso su propósito se transformaba en una gran incógnita—. ¿Y los marcianos?, si apenas saben mecánica… —deliberó, y el soliloquio de Xuga fue creciendo en intensidad a medida que evaluaba diversas opciones—. ¿O alienígenas? Sería el mayor descubrimiento de la historia de la humanidad, pero no es posible ¿verdad?, las leyes de coherencia son iguales para todos, y no seré yo quien refute las leyes de causa y efecto.

Durante el discurso Niván había permanecido callado disfrutando de las perturbadas especulaciones de su amigo, no queriéndole interrumpir a pesar de opinar que se encontraba notablemente equivocado.

~No te lances tan pronto Xuga a buscar conjuras extrasolares. La relación de posición y distribución que me has mostrado es perfectamente viable que sea producto de alguna característica de los espejos que desconocemos —explicó Niván—. Podría ser consecuencia de su proceso de formación, por ejemplo, el cual ignoramos.

Desilusionado ante el crudo realismo de su amigo, Xuga se sentó súbitamente abatido junto a Niván y puso a generar unas galletas de boniato.

~Bueno, tú sabes mejor que yo de lo que hablas —concedió Xuga—, lo mío es la historia, que está plagada de conspiraciones y tramas subterráneas. Sospecho que la física no funciona exactamente igual.

En el rostro de Niván se dibujó una mueca de insólita sorpresa, al recordar ciertas ocasiones en que Xuga había esgrimido argumentos contrarios a su actual posición y optó por hacerle memoria.

~Pero si alguna vez me has contado que el azar es una pieza fundamental del desarrollo histórico. O lo que me dijiste el otro día de los desencadenantes históricos —transfirió Niván—. Aquí también no hay que buscar culpables imaginarios cuando hay elementos suficientes que puedan propiciar los hechos.

Asumiendo que Niván tenía razón y lo había cazado con sus propias palabras, Xuga levantó los hombros y se rindió, sorprendido de la elocuencia de su habitualmente inseguro amigo.

~Sí es verdad, no me hagas mucho caso pues he descansado poco esta noche —se excusó Xuga mientras saboreaba una exquisita galleta de boniato—. En cualquier caso, ya me contarás de qué se trata cuando lo descubras. Espero que lo que he encontrado te sirva de algo.

~No lo dudes Xuga, es precisamente con este tipo de datos con los que puedo llegar a esclarecer algunos de tantos aspectos oscuros que aún tienen los espejos. —Al ver a su amigo comer, Niván no pudo evitar también coger una galleta del montón que tenía delante para degustarla—. Tú cualquier cosa que veas cuéntamelo, a veces hay minucias… —intentó transferir Niván, pero su propio ruido al masticar provocaba que le costara oír su voz mental, así que se detuvo un instante hasta tragar—. Hay minucias que han llevado a desentrañar grandes misterios de la macrofísica. Las minucias son muy importantes.

La mirada cariñosa de Xuga, sosegada y vieja, contrastaba con su precedente excitación, que se había diluido paulatinamente al compás que le embargaba un cansancio seductor.

~Al oírte ahora —transfirió Xuga con un tono suave, lento y algo melancólico—, me da la impresión de que quien habla soy yo, y que yo soy tú. Te veo tan seguro y convencido de tus ideas, y de tus objetivos… Me alegra que este embrollo te esté ayudando a encontrar la confianza en ti mismo que te faltaba. Siempre he creído que tenías un gran potencial, pero sea por tu educación o aquello que has vivido, parecía que ciertas barreras te limitaran. Ya no eres un niño.

~¡Vaya! Con treinta y ocho años espero no serlo —bromeó Niván—. Pero te entiendo, tú me viste crecer, nos llevamos veintitantos años. Yo también me noto algo diferente, estos días con Anūp, el contemplar otras formas de vida y valores a través de los espejos, todo ello ha hecho que me diese cuenta de la relatividad de muchos aspectos de la existencia que antes ni siquiera me cuestionaba. Conocer otros mundos ha sido una buenísima terapia para poder vivir en este.

~Como sabes, todo conocimiento es definido por los preceptos que lo concretan —recitó Xuga, pero la frase no era suya, era un lema del estudio del razonamiento lógico que tanto él como Niván habían aprendido de pequeños—, y si dispones de más datos, las conclusiones siempre pueden variar.

~Sí, no hace falta que me lo recuerdes, con Anūp estoy repasando muchos temas de la educación troncal que tenía prácticamente olvidados. Sin embargo, experimentar en la vida real aquello que has aprendido de pequeño, como es en este caso la importancia de la información como base de cualquier idea u opinión, cosa que veo clara a partir de las escenas de los reflejos, te hace entenderlo verdaderamente de una forma profunda. De otra manera, por mucho que uno lo desee, la enseñanza se queda solo en teoría.


ALMA MATER TOMBUCTÚ
VI

Muy lejos quedaba la suntuosa Constantinopla de los yermos páramos rocosos que sucedían al gran desierto. Aquí el agua también escaseaba, pero Umar Ibn al-S’amt consolaba la sed pensando que al menos, en ese tramo final del viaje, por la noche las tiendas no quedaban cubiertas por la fastidiosa arena, con el correspondiente engorro que suponía el tener que sacudirlas en las horas frías e intempestivas de oscuridad. En la caravana de camellos Umar iba en el centro, cerca del cofre que el sultán Selim le había encomendado custodiar hasta la recóndita ciudad de Tombuctú. Con parsimonia, los camellos marchaban sin descanso, guiados de día y de noche por dos viejos hermanos tuareg que, mirando las estrellas, el sol, u oliendo la tierra, marcaban el camino con una certeza que asombraba a un cortesano como Umar. Él iba ataviado con un sobresaliente turbante blanco y múltiples capas de anchas vestiduras policromas, indumentaria que había hecho sufrir a Umar el agobio de los rigores de aquel desierto que ahora les acompañaba de paisaje en un mar de dunas al Oeste.

Cruzaron una loma de grandes piedras chatas, y detrás, aún a cierta distancia apareció el semblante legendario de la ciudad de Tombuctú. Habiendo recorrido más de 1000 farsajs —recapacitaba Umar—, al fin su misión parecía llegar a su término. Antes de que el sol se alzara inclemente en el cielo y el sofocante Esshume soplara arenoso, ya habrían alcanzado las ansiadas murallas. Al contemplar la ciudad de barro, con sus majestuosas torres y su peculiar arquitectura blanda, un cierto alivio invadió el alma de Umar Ibn al-S’amt, que llevaba la carga de su responsabilidad con pesadumbre. Tantos meses custodiando el cofre, y ni tan siquiera era conocedor de su contenido. Las instrucciones habían sido claras: entregárselo a Harjino al-Uasi ala al-Kutub sin hacer preguntas, y protegiendo con la vida la estanqueidad del receptáculo. Él nunca había desobedecido una orden, pero llevaba varias jornadas cavilando sobre la naturaleza de tan preciada carga. ¿Qué podía ser tan importante, o peligroso, para tener que ser trasportado con suma discreción hasta los mismísimos confines del mundo civilizado? A pesar de su bajo rango administrativo, el sultán Selim confiaba plenamente en él, o por lo menos eso le había comunicado su superior, un diwan consejero del Gran Visir, al encargarle la misión. En realidad, Umar solo había hablado una vez con el sultán, y fue una conversación sobre poesía absolutamente trivial. Si no fuera por la gran amistad que profesaban el sultán y su difunto padre, renombrado maestro de ajedrez, encontraría injustificado y muy extraño que lo hubieran elegido a él. Quizás —reflexionó aquellos días—, el sultán le otorgaba la misma integridad y sosiego que su padre poseía, y creía que era un reflejo de su progenitor. Pero Umar sentía que el sultán Selim en verdad se equivocaba, pues la curiosidad crecía en su interior jornada tras jornada, y en alguna ocasión se había planteado romper el pacto y mirar en el cofre.

Ahora que en breve llegarían a las puertas de Tombuctú, el deseo se volvía irrefrenable, y Umar no paraba de echar ojeadas furtivas al tesoro y darle vueltas al asunto. A medio camino, cuando llegaron a un pequeño estanque rodeado de grandes árboles y frondosos helechos, la caravana se detuvo, y Tami, el mayor de los hermanos tuareg se acercó a Umar.

—Pararemos una hora corta aquí para que beban los camellos, si no después en la ciudad tendremos que pagarlo, y son muchos estómagos sedientos —dijo Tami, que cubierto por completo solamente mostraba los ojos.

—De acuerdo —aceptó Umar.

—¡Daji! —gritó Tami bajándose la parte del turbante que le tapaba la boca— ¡Que se bajen los hombres!

Los escoltas obedecieron, así como el resto de pasajeros de la larga ristra de camellos. Umar aprovechó para desatar el cofre, y lo sujetó indeciso. ¿Qué hacer? —se preguntó—. No tendría otra oportunidad de inspeccionar su interior. Aunque aquello iba en contra de las reglas que le habían impuesto, no hacía daño a nadie, era inocua curiosidad —se intentaba convencer—. ¿Qué perjuicio para el sultán o el imperio podía suponer que él viera el interior del cofre?

Cediendo a un impulso decidió hacer caso omiso a su consciencia, y se fue hacia unos matorrales arrastrando su carga. Oculto de las miradas indiscretas, sacó la llave que durante meses le había quemado en el pecho, y la introdujo en la cerradura. En ese momento un rumor cercano le asustó, pero enseguida descubrió que no tenía qué temer, el sonido provenía de unas risueñas cabras que pastaban junto a unos árboles. Abrió el cofre.

—Libros… —dijo sorprendido.

Se trataba de 4 antiguos códices manuscritos, y aunque era previsible tratándose de un bibliotecario el receptor del paquete, Umar habría apostado a que transportaba planos militares o mapas de algún valor estratégico. Con cuidado los inspeccionó y leyó sus títulos en un susurro, moviendo los labios pero con un hilo de voz casi imperceptible.

—“El antiguo arte de volar”, de Loksamudra, traducido por Tammam al-Makfufina. —Ojeó el volumen, y observó unos diseños de máquinas aladas, y más adelante, un diagrama de fuerzas superpuesto a la figura de un hombre sentado en posición de loto—. “Tratado sobre la alquimia del amor” de Vitus Komnene, traducido por Antar Ibn Mugit. “Tiempo esférico” de Arquímedes —Umar conocía bien la obra de Arquímedes, y era la primera vez que oía aquel título—, traducido por Thabit ibn Qurrá y comentado por Ibn Rushd. ¡El gran Ibn Rushd! —Admiraba al sabio Andalusí, y no pudo evitar alzar un poco el tono por la sorpresa—. Y “La ley de los múltiples fines”, de un yina-rishí anónimo —¿Qué demonios era un yina-rishí?—, traducido por Said al-Aziz Ibn Khallikan.

Rápidamente, tal que hubiera cometido un bochornoso delito, Umar retornó los libros a su sitio y clausuró el cofre. No veía con exactitud cuál era la peligrosidad de aquellos textos, pero presuponía que eran obras muy particulares a las que pocos habían tenido acceso, y que debían contener secretos poderosos para que el sultán quisiera relegarlas a un sitio tan alejado de la capital del imperio. Umar, que había oído relatar historias portentosas de ciertas obras perdidas durante la conquista de Constantinopla, se preguntó si al-Uasi ala al-Kutub custodiaría también alguna de ellas. En efecto, no iba tan desencaminado —se dijo—, quizás los artilugios y estrategias que se podían extrapolar de aquellos textos eran armas poderosas que no se quería que cayeran en manos enemigas. El mundo estaba cambiando, y la voraz ambición de Francia con Napoleón Bonaparte a su cabeza, hacían correr rumores de que se avecinaba un conflicto de gran envergadura. Puede que ahí —pensó—, residiera la razón del encargo.

Las pocas páginas manuscritas que había logrado ojear quedaron fijadas en su mente, si de algo podía vanagloriarse era de una memoria visual portentosa. En el recuerdo saboreó los dejes estilísticos de las diferentes escrituras observadas. La caligrafía era un arte que dominaba y cultivaba, y que confería algo de poesía a su a veces insulso trabajo burocrático.

De vuelta a la caravana, saludó incómodo a los hombres que esperaban el regreso de los camellos, ya que estos se lo quedaron mirando.

—¿Qué? ¿No te sentó bien la manteca que te dimos ayer? —dijo jocoso Daji, el tuareg—. No hacía falta que te fueras detrás de esos gylan, aquí somos todos hombres. —Por respuesta, Umar esbozó una sonrisa forzada.

En un sentimiento agridulce, Umar tenía por un lado remordimientos por haber infringido las órdenes de sus superiores, pero también sentía un amplio alivio al haber satisfecho en parte su curiosidad. Más tranquilo ahora, contempló con deleite la ciudad de Tombuctú, que lo esperaba efervescente, con sus torres alzándose sobre los tejados de barro, cuadrados y llanos. Por su material, en Tombuctú todas las construcciones ostentaban el mismo tono castaño, asimilándose las casas al entorno, tal que si brotaran de la misma tierra. Al lado Este de la ciudad, una exuberante vegetación cobraba fuerza en un paisaje desolado, y hasta se distinguían, diminutos, a un grupo de niños chapotear alegremente en un lago inmiscuido entre los árboles.

Reanudando la marcha, no tardaron en alcanzar la llamada puerta del desierto, que en la muralla norte, daba la bienvenida a viajeros y comerciantes foráneos. Se dirigieron a la posada de Muhammad, próxima al acceso, y allí se despidió de sus guías, los tuaregs Tami y Daji, abonándoles el salario acordado. Umar contrató a un par de esclavos para que transportaran el cofre, y no quiso demorarse más para concluir su cometido, así que indagó a continuación la ubicación de la morada de Harjino al-Uasi, y emprendió la ruta seguido de los porteadores.

Lo primero que advirtió Umar es que la población autóctona era negra como el tizón y vestía íntegramente de blanco, siendo con facilidad diferenciada de los comerciantes árabes de paso, mucho más pálidos y ataviados de forma menos uniforme. Justo al salir de la posada, vio como unos esclavos sudorosos amontonaban grandes bloques de sal en un almacén adyacente, bloques del tamaño de una mortaja humana, atados con cuerdas y decorados con grabados geométricos. Como antítesis de dichos negocios terrenales, al otro extremo de la calle se encontraba la Universidad de Sankore, recuerdo del esplendor erudito de la ciudad, que fue cuna de copistas, estudiosos y traductores ilustres. Una grandeza intelectual que en gran medida había quedada relegada al pasado. Los torreones de la escuela compartían las características comunes a muchas edificaciones de la ciudad: salientes redondeados, y el estar atestados de palos que, dispuestos con una regularidad euclidiana, sobresalían apenas medio metro de las paredes, concediéndo a los muros el semblante espinoso propio de un cactus.

Siguiendo por la calle principal, Umar llegó a la Escuela de Sidi Yahya, donde la leyenda vaticinaba que su puerta principal tan solo sería abierta el día del fin del mundo, y girando a la derecha, se halló en la animada plaza del mercado. Desde alfombras árabes, a artesanías locales, especies o tabaco; en una cacofonía de varias lenguas los presentes regateaban y cerraban acuerdos en un frenético ajetreo lucrativo. Umar procuró rodear la zona sin adentrarse en la multitud, y torció por una callejuela sombría tal y como le habían indicado. Allí encontró al fin la casa de al-Uasi, señalada con un relieve enmarcado encima del portal, compuesto por lo que Umar juzgó la letra Alfa griega inclinada 90 grados a la izquierda.

Mandó a los porteadores que esperaran un momento, y acercando la cabeza a la entrada, sin querer traspasar el umbral con los pies, dijo:

—¡Haya paz en esta casa!

Después de unos instantes de la vivienda surgió un anciano. Lucía una barba del mismo color marfil que sus ropajes, claridad que contrastaba con su oscura piel, y poseía una mirada entrecerrada y enrojecida aunque insólitamente enérgica.

—Haya paz también para ti, joven —repuso.

Rozando ya el medio siglo, llamar joven a Umar era poco adecuado, pero se podía entender que para aquel anciano, por agravio comparativo, cualquiera resultara joven.

—Soy Umar Ibn al-S’amt, enviado de su sagrada e imperial majestad el sultán Selim tercero Khan, sultán de sultanes, señor de la casa de Osmán.

—Sé bienvenido Umar Ibn al-S’amt —dijo el viejo después de echar una ojeada a los porteadores—. Pasa, tomaremos un té,  y dile  a tus mozos  que dejen la  caja junto  a la cocina —señaló mientras se daba la vuelta e invitaba a Umar a seguirlo.

Una vez dentro, se colocaron alrededor de una baja mesita que presidía el centro de una minimalista sala. Tan siquiera el suelo cubierto al completo de multicolores alfombras rompía la sobriedad de la estancia, y Umar observó atento, por encima del hombro de su anfitrión, a los porteadores dejar el cofre. En ello se percató, al cruzar su mirada la rendija de la cocina, que una joven mujer estaba atareada preparando los enseres del té, anticipándose a la solicitud de Harjino.

—Es Yamila, mi concubina —dijo Harjino al-Uasi—. Mi mujer es mayor, y necesita descansar —la disculpó—. ¿Estás casado tú, Umar Ibn al-S’amt?

Sentados enfrente el uno del otro, un rayo de luz que penetraba por una diminuta ventana partía medio rostro de al-Uasi y se perdía en su hombro. Gracias a esa luminosidad de intenso contraste, Umar advirtió que el viejo tenía un seguido de cicatrices decorativas naciendo de sus ojos.

—Sí —contestó—, mi mujer me espera en Constantinopla.

—Aquí decimos: “cuando de una mujer la piel está sola, con ella lo que le plazca puede hacer su propietaria” o “el ámbar gris colma los perfumes en la distancia”. Es bien sabido que los viajes no son buenos amigos del matrimonio… —comentó Harjino,  pero ante la expresión atónita de su invitado, añadió—: Pero disculpa, no quiero preocuparte, ni inmiscuirme en asuntos que no me incumben. —Umar pasó por alto aquel indiscreto supuesto, y Harjino cambió de tercio—. Dime, ¿qué libros me trae el sultán?

Por respuesta, Umar le entregó la llave. Entretanto el anciano inspeccionaba el contenido del cofre, llegó la concubina sosteniendo el plato con la tetera y los vasos, que dejó en la mesita, junto a un surtido de dedos de Zainab y bocaditos de juez. Al hacerlo, le lanzó una mirada coqueta a Umar, que se ruborizó y apartó la vista de ella. Al volver a su sitio, Harjino dijo:

—Interesante, interesante colección. —El anfitrión sirvió la infusión con cuidado y dos densas humaredas brotaron de los vasos, descubriéndose especialmente tangibles al atravesar el rayo solar—. ¿Qué te parece a ti Umar Ibn al-S’amt?

Encontrándose atrapado sin una respuesta adecuada, dado que supuestamente él tenía órdenes de no abrir el cofre y ver su interior, Umar fue a sorber su té para ganar tiempo, pero se quemó, y soltó el vaso sin haberlo casi levantado.

—Yo no lo… No sé, venerable Harjino al-Uasi ala al-Kutub —intentó disimular.

Harjino bebió de su té, sin atisbo de dolor ante la elevada temperatura, mientras escrutaba fijamente el alma de su invitado con ojos medio abiertos.

—No te preocupes joven Umar Ibn al-S’amt, no te juzgo, aquí no manda ni el sultán Selim ni los jenízaros —declaró—, y a mí no me desagrada tu curiosidad natural, que te ha llevado a husmear en la carga.

—¿Cómo lo has sabido? —se desveló Umar.

—Porque tú me los has dicho —expuso con tranquilidad Harjino—, y porque estaba roto el sello interno de seguridad —añadió—. Y ahora que sabes que ni el Gran Visir nos oye, dime sin miedo, ¿qué te parecen a ti estos libros Umar Ibn al-S’amt?

—Extraños… —Umar decidió no seguir escondiéndose, aunque no le hacía ninguna gracia reconocer su falta—. Pero no acabo de entender el peligro que contienen. Yo solo leí los títulos… Te ruego no digas nada a…

—Tranquilo —le cortó—, ya te he dicho que aquí no rigen las reglas de tu imperio, y no tengo por qué crearte problemas… esos ya vienen solos.

—¿Qué contienen esos libros?, venerable Harjino al-Uasi ala al-Kutub, ¿por qué hay que esconderlos? —preguntó Umar, sintiéndose confiado por la afabilidad del anciano.

—Para tu sultán son libros prohibidos, sí, libros que atesoran ideas peligrosas. Afortunadamente el sultán Selim, el Gran Visir, o quizás sus consejeros, o vete a saber quién en la corte, tiene suficiente razón como para ser consciente de que destruirlos sería una pérdida irreparable, por eso nos los has traído. Además, supongo que tus gobernantes sospechan que algún día pueden llegar requerir nuestra ayuda, y deben creer que ser aliados de los guardianes del saber da cierta ventaja. En realidad no son libros peligrosos, son libros que están en peligro por la peligrosidad que se les otorga, pero no es nuestro cometido el juzgar a los hombres, solo nos concierne el preservar sus ideas —dijo, y percibiendo que Umar no terminaba de estar satisfecho con la respuesta, y lo miraba interrogativo, Harjino prosiguió—: Por ejemplo, “La ley de los múltiples fines”, es un texto jaininista que aplica la idea de dicha filosofía de “que no existe una verdad absoluta y exclusiva”, a los sistemas morales, de poder y financieros de un reino que existió en el novecientos dieciocho de la Hégira. Puede parecer una nimiedad, pero da las claves para cuestionar aquello que los hombres han aprendido como verdad y que rige sus vidas, es capaz de destruir imperios enteros y todavía más, mucho más que simples gobiernos terrenales. Joven Umar Ibn al-S’amt, ¿acaso conoces la fábula de “los ciegos y el elefante”? —Umar negó con cabeza—. ¿Cómo lo diría entonces? Sencillamente el libro da las herramientas adecuadas, en forma de las preguntas adecuadas, para cuestionarse cualquier realidad aparente. Lo que pasó en Francia es un juego de niños con lo que podría despertar este libro, pero bien, que sea peligroso o no, tan solo depende de dónde te encuentres y qué quieras preservar. Y nosotros no lo juzgamos.

—Creo entenderte más o menos sabio Harjino al-Uasi ala al-Kutub, y te agradezco que compartas tus confidencias conmigo.

El té ya se había enfriado un poco, y Umar echó un sorbo del dulce brebaje, en el que reconoció el áspero deje del ajenjo. Impresionado por lo sincero que era Harjino al-Uasi, Umar se sentía distendido y relajado, y ya no temía por si el anciano le delataba o la conversación le traía problemas.

—Nosotros respondemos a quien pregunta, pero muchos temen conocer las respuestas —apuntó Harjino.

—Hablas como si fueras parte de una hermandad. ¿Puedo preguntarte quienes sois “vosotros”?

—Algunos nos llaman la Orden del Alif, aunque numerosos son los nombres que se nos han dado a lo largo de los tiempos. Nombres misteriosos, nombres oscuros, que solo pretenden hacernos sonar peligrosos a oídos mundanos. ¿Pero qué peligro puede albergar un viejo que amontona libros? —rió.

—Un viejo muy sabio —alagó Umar, acompañándolo de una sonrisa.

—Que Dios te escuche, joven.

—Pero… Yo no soy muy docto, pero sé que existen obras, que siempre han existido obras que han cuestionado lo establecido —se animó a aportar Umar—. Muchos han renegado de Dios o de las estructuras políticas que nos protegen, y han sido condenados, sin que sus ideas blasfemas o equivocadas hayan despertado ninguna rebelión en el pueblo. ¿En qué se diferencian estos libros?

—No todos hablan de lo mismo, joven. “La ley de los múltiples fines” era simplemente una muestra cualquiera; otros hablan de la naturaleza, otros de Dios. Y es que todo hombre conforma sus ideas entre unos límites, y romper esos límites es lo que pueden desencadenar algunos de estos libros, pero no son diferentes de los demás, en absoluto… son siquiera ideas transcritas, y su poder reside en la capacidad de entenderlas de quienes las lean.

—¿Y Ibn Rushd? Sabía que había comentado ampliamente a Aristóteles, pero ¿a Arquímedes?, esa obra es nueva, no…

Umar se estaba emocionando con los secretos que le relataba Harjino al-Uasi, por primera vez en su vida, notaba que crecía en él una pasión vibrante, un sentimiento ávido de hincharse con la información que el anciano le proporcionaba, y que le inducía un enigmático placer en el alma. Continuaron hablando hasta que se terminó el té, y Umar no salía de su asombro ante las extraordinarias ideas e historias que Harjino al-Uasi le contaba.

—Cuantioso es el conocimiento que guardamos —dijo Harjino—, si lo deseas puedes quedarte algún tiempo. Sé mi invitado y te contaré lo que quieras, o puedes verlo tú mismo. Pero ahora, ¿tendrás la bondad de ayudarme a bajar la caja con los libros al murabailahlum? —pidió—. Yo soy viejo, y decrépito, y mis brazos ya no albergan fuerza.

—Claro, venerable Harjino al-Uasi ala al-Kutub.

Con un considerable esfuerzo, Umar levantó el cofre y siguió a al-Uasi hasta una trampilla en la cocina. Desde allí descendieron por un túnel escavado en el suelo, de factura tosca y peldaños largos. Abriendo el camino, Harjino sostenía una lámpara de aceite que emitía una tenue radiación palpitante, que iluminaba tan solo una escasa zona adyacente a ellos. Después de bajar varios minutos, en que descendió la temperatura paulatinamente, detrás de una puerta carcomida una amplia sala enlosada les dio cobijo. Al-Uasi encendió dos lámparas poliédricas de hierro, y la estancia amaneció definida por los abigarrados diseños que estas dibujaban a base de luces y sombras. Como único elemento imperante, una sólida puerta de hierro colmada de grabados se alzaba en la pared del fondo. Con un tintineante manojo de llaves en la mano, Harjino abrió la primera puerta, y tras ella apareció un pasadizo rectangular con una lámpara en su centro, que desembocaba en otra puerta igual unos pasos más adelante. Después de clausurar el acceso que le precedía, repitió el proceso 6 veces, abriendo la cerradura de 6 puertas con sus respectivos túneles, y cerrar las precedentes tras de sí.

La última puerta les dio acceso a un inmenso recinto, donde una ristra de pétreas estanterías subía hasta un lejano techo que se perdía en la penumbra. Desde él, un seguido de largas cuerdas sostenían las lámparas, ya encendidas a una altura humana, que colgaban cual gotas de luz en el crepuscular paisaje subterráneo. Concentrados en sus tareas y desperdigados por las mesas que se intercalaban con los estantes, unos escribas albinos y fantasmagóricos, repasaban volúmenes quebradizos y copiaban textos deteriorados. Umar no esperaba encontrar a tanta gente ahí y la escena le sobrevino esotérica, casi onírica, por el silencio escrupuloso de aquellos subsaharianos de piel blanca y mirada vidriosa.

—Puedes dejar allí la caja —dijo Harjino al-Uasi.

Cuando subió a la azotea de la casa del bibliotecario, Umar aún no salía de su asombro. Creía deducir que Harjino ya sabía de él de antemano, y que quería instruirlo, como si lo hubiera estado espiando durante años y el encargo de llevar el cofre no fuera una simple casualidad. ¡Cuánto saber se custodia ahí! —se repetía Umar—. Aprender y guardar sus secretos era un cometido que sobrepasaba las mejores expectativas que un sencillo burócrata aficionado a la caligrafía, hijo de un ajedrecista, podía llegar a soñar. Miró al frente fuera de las murallas, a lo lejos en el bosque, una manada de elefantes salvajes bebía de una charca, embadurnados de los tonos rojizos que les confería un sol en ocaso.

Y ahí estaba Umar Ibn al-S’amt, eterno producto de una ilusión óptica, meditando sobre su futuro en un pasado remoto, entusiasmado y abrumado, inconsciente de su papel en la historia, mientras un fascinado Niván lo observaba desde las estrellas, apurando las posibilidades de la perspectiva, antes que la rotación de la Tierra lo hiciera desaparecer para siempre en el horizonte.


Aquellos días Niván hubiera afirmado que cuando todo parece ir bien, la luz resplandece con un halo de brillo dorado, acaso más puro. A pesar de ser la luz la misma, el sosiego espiritual de Niván le otorgaba en sus adentros matices emocionales y no cromáticos, similares a los que adoptaba el aire, ahora más limpio, o el silencio, sin duda más armónico.

La rutina de cuidar a Anūp, registrar reflejos y perfilar la investigación, hacía tiempo que había dejado de ser un esfuerzo, y la voluntad se amoldaba por inercia al deber sin rechistar. Las recurrentes preguntas, en muchos casos comprometidas, del pequeño Anūp, o las increíbles escenas del pasado remoto que Niván admiraba a través de los espejos, eran ya parte indisoluble de su vida. Aun siendo tan recientes las dos experiencias vitales, Niván se preguntaba a menudo qué haría cuando estas concluyeran, y se le hacía difícil verse en otra situación. ¿Qué haría sin la compañía y curiosidad del pequeño Anūp cuando terminara el periodo de tutela? O ¿Qué sería de su vida al anunciar al mundo su gran descubrimiento? En la última cuestión, Niván sabía que no podía demorarse en exceso. Habiendo transcurrido ya un plazo suficientemente razonable, nada justificaba seguir manteniendo el secreto una vez terminado el informe preliminar, al cual apenas le quedaban unos pocos detalles. «Una semana —se dijo—, una semana y doy la gran noticia a la Cepa».

Por lo menos la tutela duraría algo más, como mínimo un par de años, y eso en cierta forma reconfortaba a Niván. Tenía la impresión de que Anūp crecía muy rápido, pensaba que quizás fuera por estar poco desarrollado para su edad, o puede que solo fueran falsas apariencias, pero Niván creía firmemente entrever el cambio día a día, hasta había mañanas que lo juzgaba más alto. En el aspecto que no podía haber discusión sobre la evolución de la criatura era en su aprendizaje. El niño era una esponja que todo lo absorbía, y Niván estaba fascinado con su memoria y capacidad de asimilación. Evocando su propia infancia, él no se recordaba tan despierto, aunque sabía que los recuerdos son interpretaciones subjetivas, y no suelen ceñirse exactamente a lo que realmente ocurrió. Es posible que él también fuera un niño espabilado, cierto era que en la actualidad trabajaba en Cepas complejas y gozaba de buenos conocimientos en aquello que le había interesado, y gran parte de lo sabido había sido aprendido durante la infancia.

Esa noche al llegar Anūp a la matriz, mientras cenaban, Niván frugalmente y el niño con un apetito voraz, Anūp le contó animadamente las aventurillas de aquel día: como se perdió su amiga Siadán en el pinar al Oeste del nodo cuando jugaban entre los árboles, la estrecha cueva con el techo lleno de insectos que habían explorado, o las insensatas ocurrencias de dos chavales del grupo de amigos. Niván lo escuchaba atento, se reía de vez en cuando, y le hacía comentarios puntuales con intención de enriquecer su experiencia, dejando consejos y recriminar ciertas imprudencias para otro momento. Cuartar aquella alegría con miedos infundados no hubiera servido de nada.

Al acostarse el chico Niván permaneció unas horas trabajando en su proyecto, recopiló un reflejo fugaz y reordenó los datos más nuevos. Tumbado en el diván, tras desactivar la inyección visual por allá las tres después de medianoche, se quedó unos minutos observando a Anūp dormir. ¿Qué soñaría? ¿Qué ignoto futuro le esperaba a esa dulce criatura? Entre estas interrogaciones, Niván calculó que cuando el chico tuviera setenta y tres años, él debería abandonar este mundo a través de una muerte asistida. Así pues, apenas treinta años se perdería de su vida si seguían en contacto. Lo vería crecer, elegir su vocación, y hasta como ejercía a su vez de tutor de otro menor. ¿Cuántas veces se habría repetido el mismo ciclo? —se cuestionó—. Y ahora, dependían de él los pormenores que se transmitirían a los subsiguientes ciclos docentes que provinieran de su linaje educacional. En las últimas semanas Niván solía recrear mentalmente cómo sería cuando diera a conocer su hallazgo, fantaseaba sobre su éxito social y su nombre rememorado por las generaciones venideras, no obstante, esa noche mientras contemplaba a Anūp, comprendió que su recuerdo en los archivos de la Cepa del Tiempo estaría vacío, sería un mero nombre sin significado. Quizás Anūp era el único legado real que dejaría al mundo, a través de los consejos, las historias y las canciones que fuera capaz de inculcarle. «Las pequeñas cosas, los matices, los aromas, son —se decía Niván en la penumbra— lo que define la existencia humana».

Entonces se fue a la cama intentando no hacer ruido, porque también el silencio, se enseñaba.


[ Novela «Espejos circunflejos» ]
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