Un breve bestiario marino: Dæmones maris



Bajo el espejo del mar, como si fuera el subconsciente del planeta, se esconde un reino todavía hoy poco conocido y profundamente misterioso. Es normal que nuestra fantasía encierre en él a monstruos y genios, algunos totalmente inventados, otros, recuerdos desdibujados de prodigios de la naturaleza. Porque bajo el oscuro azul abisal serpentean los miedos de los marineros, los vestigios olvidados de una vida ancestral, blanda y hambrienta. 

Ahí nos dirigimos hoy, a propósito de mi última novela «Dæmones maris». Pese a que todavía la estoy confeccionando, la historia tiene de fondo ese imaginario mítico de los abismos marinos —y el lado oscuro del ser, que simbólicamente representan—. Aprovechándolo, quisiera compartir un breve monstruario de bestias marinas:



Caribdis:

La gran succionadora. Este monstruo proveniente de la mitología griega absorbía las aguas con tal fuerza que formaba un remolino mortal, succionando a naves e incautos. Junto a Escila, custodiaba un estrecho paso marítimo cerca del Peloponeso, donde los navegantes debían escoger entre dos suertes igualmente horribles. Puesto que Caribdis se hallaba bajo la superficie, la descripción de su aspecto no nos ha llegado, aunque cabe fantasear que se tratase de alguna suerte de gusano gigantesco, de fauces dentudas y lenta digestión.



Escila:

Al otro lado del paso custodiado por Caribdis habitaba un engendro de doce patas y seis largos cuellos terminados en seis abominable cabezas. Esta era Escila, una bestia marina que aullaba como un perro antes de devorar a sus víctimas, y aunque su policefália recuerde a la Hidra de Lerna, su aspecto se deduce más canino que reptil, cubierta de pelo y exudando un intenso hedor a perro mojado. Tanto ella como Caribdis antaño fueron hermosas ninfas, pero las trasfiguraron en monstruos (Circe y Zeus respectivamente). Quizás sea este un recuerdo de su origen pre-olímpico, adoradas como fuerzas ancestrales de la naturaleza, desterradas a ser recordadas como monstruos por la advenida de unos nuevos dioses.



Sirenas:

Como es bien conocido, las sirenas son seres con la parte superior del cuerpo tal que una doncella y la parte inferior en forma de cola de pez. Sin embargo originalmente fueron descritas por los griegos como mujeres-ave, y hasta se podría clasificar como sirénidos a las cecaelias (mujeres-pulpo) y otros súcubos marinos parecidos. La visión greco-latina de las sirenas evolucionó hasta su arquetipo moderno, y cabe distinguir su esencia, que es la dicotomía entre lo femenino y lo animal, entre lo bello y lo grotesco, entre lo hermoso y lo peligroso. Puesto que su bella fisonomía y delicada figura no es más que un engaño, una máscara que quiere ocultar a unos monstruos ansiosos de carne humana. Estas criaturas suelen habitar en el mar cerca de las rocas, y se sirven de una voz embriagadora para con sus cánticos cautivar y atraer a los marinos. Cuantos estos escollan o naufragan, los devoran sin compasión tiñendo las aguas de sangre.



Krakens:

Cuando un kraken emerge desde las oscuras profundidades del océano, nadie sabe por qué lo hace. Aunque en su mirada, en sus ojos negros como la obsidiana, se intuye una consciencia muy antigua y sabia, la propia de un ser ancestral. Los krakens son una especie de pulpos gigantescos capaces de tumbar navíos y luchar contra cachalotes, son furias abisales milenarias. Los vikingos contaban que algunos krakens eran tan inmensos que podían confundirse con islas. Y de ellos, de los aguerridos navegantes escandinavos proviene este mito, probablemente fundamentado en al avistamiento de calamares gigantes u otra clase de cefalópodos titánicos todavía desconocidos. Puedo imaginar a los krakens deambulando en la noche submarina, bombeando agua gélida con lentitud, arrollando todo lo que se les interponga.



El holandés errante:

Cuenta la leyenda que un buque fantasma surca los mares sin descanso. Hablamos del holandés errante, un navío del siglo XVII cuyo capitán hizo un pacto con el diablo, pidiéndole al demonio que su nave acaeciera la más veloz de los siete mares. Pero como es habitual los negocios con lucifer suelen terminan mal, y el capitán del holandés junto a la tripulación del mismo acabaron condenados a vagar eternamente por la mar, sin poder nunca pisar tierra. Como en muchas otras leyendas existen múltiples versiones, y el nombre de dicho capitán es aún hoy un gran misterio. Unos dirán que se llamaba Falkenburg, otros Willem van der Decken, o incluso Ramhout van Dam. Pero estamos seguros de que era holandés, y de que su alma jamás descansará. Cualquier marino que se precie sabe que avistar este espejismo fantasmagórico en alta mar, solo puede augurar desgracias.



Leviatán:

El leviatán es un monstruo marino de procedencia bíblica, semejante a un dragón, o a una serpiente o a un cocodrilo. Gigantesco y destructor, espera aletargado bajo las negras aguas. En su interior habita el espíritu de la mismísima serpiente del Eden, ¡del mismo diablo! Por lo que no se debe despertar al Leviatán, pues su fuerza es inconmensurable, y su voluntad destructora es la del mal original. Pero el Leviatán es un monstruo mucho más antiguo que los nuevos dioses abrahámicos, y nos remite a la diosa sumeria Tiamat o a la bestia paleolítica. Es el caos primigenio, es las olas iracundas y el oscuro abismo.



Jörmundgander:

Jörmundgander, literalmente el gran bastón, es la serpiente del Midgard, que de tan larga, cerca los océanos del mundo. Rodea las aguas mordiéndose la cola, dibujando un círculo infinito como infinitos son los mares. Y ahí espera pacientemente el Ragnarok, el fin de los tiempos, en que cuentan las Eddas dejará las aguas para volver a tierra y emponzoñar los cielos. Jörmundgander procede de la mitología nórdica, y aparece en numeroso mitos escandinavos, siendo enemiga indiscutible del dios del trueno Thor. Jörmundgander es la más famosa de las serpientes marinas, una una tipología de monstruo marino muy común entre los avistamientos fantásticos de los navegantes, de nuevo un fenómeno seguramente relacionado con encuentros con animales reales, largos y sinuosos, hasta puede que temibles.



Makaras:

El makara es una criatura marina de la mitología hindú, semejante a un dragón acuático, aunque a veces se le describe con cabeza de ciervo, delfín o cocodrilo. De este último tiene más características, pues está provisto de cuatro patas gruesas y cortas, y dispone de una poderosa cola que le sirve para desplazarse por el agua. Tanto el dios del mar hindú Varuna como Ganseha lo utilizan de montura, temeridad que solo se le permite a una deidad. Porque el makara representa la imprevisibilidad de las aguas, y aunque su naturaleza es dual y no únicamente negativa, como es anfibia y no solo acuática, en él encontramos personificado desde el miedo a lo desconocido hasta la furia que la naturaleza puede llegar a manifestar en una tormenta en medio del mar.



Cthulhu:

Quizás la más terrible de las abominaciones marinas sea el gran Cthulhu, un dios primigenio que yace dormido en la ciudad sumergida de R’lyeh, unas ruinas de arquitectura no-euclidiana perdidas en la profundidades del océano pacífico. Su cabeza recuerda a un pulpo, llena de tentáculos, y sus extremidades terminan en cuatro terribles garras, mientras que dos alas le brotan de la espalda. Su tamaño es colosal y su cuerpo está cubierto de escamas viscosas. Ese es el gran Cthulhu, el cual fue ideado por H.P. Lovecraft en los años 20, siendo hoy en día un monstruo totalmente integrado en el imaginario colectivo popular. Icono del horror cósmico y estrella invitada de multitud de películas, cómics y relatos, retorciendo sus tentáculos como las serpientes en la cabeza de Medusa, profetizando el fin de los tiempos, o siendo objeto de un culto obsceno y hermético. ¡Iä Cthulhu! —gritan sus fervientes acólitos— ¡Iä Cthulhu fhtagn!



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