Tras leer Alicia



A menudo los mitos e iconos trascienden su propio origen. En ellos siempre hay un desencadenante, un germen inicial, eso es bien cierto, pero tras quedar sueltos, los mitos crecen a sus anchas con cada nueva versión que reinventa una abuela o con cada aportación que riza un poeta sediento de símbolos. Cual Frankenstein, el mito deviene un ente creado a base de retazos, de confección colectiva. Puede llegar hasta a desarrollar mil cabezas, es caleidoscópico e incluso difuso en ciertos detalles.

Por ello, no debería haberme sorprendido cuando al leer «Alicia en el país de las maravillas», el emblemático libro que Lewis Carroll escribió en 1865, advertí que distaba sobremanera de lo que yo esperaba. Descubrí que los años no pasan en balde, que por decirlo de alguna forma, del mito al libro hay un trecho. Me sorprendió la distancia respecto al mito popular moderno y fui presa de una cierta decepción. 

Pese a que gran parte de este sentimiento pueda atribuirse a lo “pedido en la traducción” en una obra que llega desde otra cultura y otra época (como muy bien evidencia la Alicia anotada de Martin Gardner), quédome patente al leerlo que la Alicia que habita en mi subconsciente es mucho más loca, colorista e interesante que su matriz original. A esto cabe añadir que mi primera aproximación a la historia fue a través de la película de animación de Disney de 1951, donde se juntan en una sola película los dos libros: «Alicia en el país de las maravillas» (1865) y el posterior «A través del espejo y lo que Alicia encontró allí» (1871).

Por poner un ejemplo, fue desconcertante llegar a la merienda de locos que dan el lirón, el sombrerero y la liebre de marzo, para percatarme que no se menciona en ningún lugar el archifamoso «feliz feliz no-cumpleaños» que tanto canturreé de chico. ¿Sería acaso otro caso acosando de lost in translation? —me pregunté—. Pero por lo visto esta parte procede del segundo libro, «A través del espejo y lo que Alicia encontró allí», cuando Humpty Dumpty cuenta que una corbata que lleva es un regalo de no-cumpleños, y carece de relación con aquella hora del té eterna y chiflada de la película de dibujos. 

Así que al leer «Alicia en el país de las maravillas» eché en falta algunos puntos importantes que se relatan en el segundo libro, mientras que otros perdieron lustro al compararlos con la versión que guardaba en mi imaginación. Evidentemente, Alicia es mucho más que el cuento que escribió ahora hará unos 150 años Lewis Carroll, y ha acaecido  un símbolo de la libertad mental infantil o del lenguaje onírico del subconsciente, y nos muestra una preciosa armonía entre el disparate y la lógica. Ese sea quizás su legado: un rico universo de juegos, animales y canciones, que ya forma parte del imaginario popular.

Como colofón, gracias a la perseverancia de la IA de OpenAI que doblega los galimatazos de los hombres, desde un presente que ya es futuro, llega un resumen de «Alicia en el país de las maravillas» en tan solo 136 palabras. Aquí lo dejo para los más perezosos:

«Alicia cae en una madriguera y crece hasta alcanzar un tamaño gigantesco tras beber una misteriosa botella. Decide concentrarse en volver a su tamaño normal y encontrar el camino hacia el jardín. Se encuentra con la Oruga, que le dice que un lado de la seta la hará crecer más alto y el otro más bajo. Se come la seta y vuelve a su tamaño normal. Alicia asiste a una fiesta con el Sombrerero Loco y la Liebre de Marzo. La Reina llega y ordena la ejecución de los jardineros por haberse equivocado con las rosas. Alicia las salva poniéndolas en una maceta. El Rey y la Reina de Corazones presiden un juicio. La Reina se enfada y ordena que Alicia sea condenada a muerte. Alicia se despierta y encuentra a su hermana a su lado», de 26.449 palabras a 136.   

Nada más tengo que decir, y aquí termino antes de despertar, antes de que alguien se alce para gritar iracundo: «¡Que le corten la cabeza!». 

Paz, té y pastelitos escalares a todos los hijos de Alicia.

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