el Cuenta Cuentos


fabulas4.jpgLas fábulas, si nos ceñimos a la definición típica, son cuentos cortos en donde a menudo aparecen animales capaces de hablar y razonar, y en su ocaso, tienen un inevitable moraleja. Todos las hemos oído de pequeños y hemos crecido rodeados de su influencia en nuestro entorno cultural en cientos de aspectos. Pero, aunque muchos una vez les ha salido bigote las tachen de patrañas para niños, provienen de tradiciones orales antiquísimas, y antes que Hans Christian Andersen (autor de El patito feo, El traje nuevo del emperador o El soldadito de plomo) o los Grim Brothers (autores de Blancanieves, La Cenicienta, Hänsel y Gretel o Juan sin miedo) las adaptaran al público infantil, estas iban dirigidas en su mayoría a los adultos, como metáforas aleccionadoras de verdades y conceptos. Siendo parte fundamental de un sendero teológico-filosófico los hombres sabios se las contaban a sus discípulos para hacerles más comprensibles conocimientos difíciles de entender sin un ejemplo práctico. Así pues, las fábulas encierran residuos de esas enseñanzas herméticas y filosóficas de la antigüedad.
Una muestra que nos brinda el griego Esopo (S. VII Ac), padre del fabulismo occidental, es su historia de la liebre y la tortuga1 donde nos ejemplifica perfectamente dos ideas:

1ª - El trabajo constante, la disciplina, es mucho más fuerte que la capacidad por si sola.
2ª - Nunca des nada por sentado.

fabulas2.jpgY hasta podríamos extraer una tercera lección de matiz kármico, que nos advertiría que cada uno al final tiene lo que se merece. La lista de fábulas que conocemos, si nos ponemos a pensarlo un poco, es incontable, y muchas de ellas son hijas del gran Esopo. Para que el lector se de cuenta de este hecho, a continuación enumeraré las fábulas que tradicionalmente se le atribuyen:

  • El águila y la zorra
  • La zorra y las uvas
  • El Viento del Norte y El Sol
  • El escorpión y la rana
  • El granjero y la víbora
  • El león y el ratón
  • El perro y la campanilla
  • El ratón de campo y el ratón de ciudad
  • La cigarra y la hormiga
  • La liebre y la tortuga
  • La rana que quiso ser buey
  • El cuervo y la zorra
  • El cuervo enfermo
  • La gallina de los huevos de oro
  • El invierno y la primavera
  • La comadreja y las gallinas
  • El viejo y la muerte
  • El campesino y la serpiente
  • La rana y la zorra
  • La perra que llevaba un trozo de carne
  • El niño que se ahogaba
  • Zeus y la serpiente
  • De gansos y grullas

milyuna.jpgOtra escuela en el arte de las fábulas sería la propiamente oriental, teniendo como cúspide de su literatura la magistral compilación de las mil y una noches, que nos transporta a un mundo de genios, príncipes y noches de siroco. Un bonito representante de esta corriente es el cuento de los seis ciegos y el elefante2, de origen indio, que nos induce a profundas reflexiones sobre el conocimiento de la realidad, y nuestras limitaciones al respecto.

No hay que subestimar nunca lo que en apariencia se presenta simple, pues en muchos casos, si frotamos un poco el polvo de la lámpara, revelaremos fantásticas historias y complejas ideas.

fabulas1.jpgA pesar que habitualmente nos centramos, mirándonos el ombligo, básicamente en las fábulas occidentales, y a mucho estirar en las orientales más conocidas, en el globo existen cientos, sino miles de ellas, fieles representantes de la diversidad cultural que puebla el mundo. Es curiosos en algunos casos el constatar la similitud entre cuentos de diferentes tradiciones separadas por océanos e infiernos, pero al fin y al cabo, reflexionándolo, somos todos los mismos humanos quienes las escribimos, con los mismos deseos y temores. Desde Níger nos llega Kwaku Ananse y la serpiente, desde china el vendedor de palabras, desde Escocia la esposa selkie, desde las Rocosas cara marcada, desde Australia Ngarri Jandu y los nimmamoo, desde Mongolia la mujer helecho, desde Finlandia la muela de Heesi, desde el Japón el cerezo volador y hasta nos llegan cuentos de culturas ya desaparecidas, como la fábula azteca de Ixtla y Popocatépetl. Podría seguir durante horas, gracias a Internet hoy en día toda esta cultura esta muy cerca de nosotros, tan siquiera tenemos que querer buscarla.

Los cuentos para niños y las leyendas tienen mucho que aportarnos. A los que no quieran escucharlas, lo lamento, quizás hayan dejado de ser niños, si eso significa dejar de querer aprender.

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Ilustraciones de: Arthur Rackham

1. Una liebre y una tortuga deciden hacer una carrera, la liebre, segura de su velocidad, va parándose por el camino a descansar, hasta que cerca de la meta se queda dormida. La tortuga, con paso constante, sin detenerse, llega a la meta antes que la liebre y cuando esta se despierta ya es demasiado tarde.
2. Existía en la India un grupo de sabios ciegos, que por las noches se dedicaba a discutir y relatar los más asombrosos acontecimientos. Un día decidieron saber como era un elefante, pues ninguno de ellos sabía realmente su naturaleza. Cada uno palpo al animal, y extrajo una conclusión: uno decía que un elefante era como un muro, otro que era como una serpiente, porque le había tocado la trompa, otro que era como una lanza, dado que palpó los colmillos, y así el resto. Todos tenían parte de razón, aunque todos estaban equivocados.


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    “No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.”

    EL Jardín de de los senderos que se bifurcan -Jorge Luís Borges


    ab031.jpgAntonio estaba recopilando un montón de antiguas fotografías y cachivaches polvorientos varios. Eran parte de alijo recuperado en casa de sus abuelos, ahora ya muertos, con prisas antes que la derribaran.

    Demasiadas cajas polvorientas y pilas sui generis para saber exactamente por donde empezar, aún así, un primer vistazo a los retratos y estampas archivados apretujadamente en cajas de zapatos era un buen comienzo, y una oportunidad para recordar o descubrir.

    Iba pasando las imágenes rápidamente ante sus ojos, y después de un segundo de análisis, las devolvía a su lugar. Gente desconocida, de mirada triste, que gritaban a Antonio que los liberará de esa cárcel de papel. Era como si sus almas hubieran quedado atrapadas, como si todas aquellas paparruchas que solían creer los indígenas fueran verdad. Había retratos, sí, pero también monumentos, iglesias, niños corriendo o de primera comunión, y tantas y tantas personas ya muertas con toda una vida por delante. Cuando iba aproximadamente por la mitad y casi ya había decidido dejarlo para otro momento, una de la imágenes le llamó la atención, y se quedo mirándola fruncicejo. Se trataba de un retrato de un grupo de personas, entre los cuales podía reconocer a su abuelo Eusebio de joven. Se encontraban ante unas columnas enzarzanadas y de corte peculiar, que les resultaban terriblemente familiares.

    La dejó sobre la mesa y fue a prepararse un té bien dulce, una actividad que solía ayudarle a pensar. Tras un instante, con el vaho saliendo de la taza y recorriendo sus mejillas, dio con la respuesta: se trataba del Parque Güell, no cabía duda.

    El parque Güell era una de tantas obras que el arquitecto modernista Gaudí había dejado para ornamentar y acicalar la ciudad de Barcelona. Pensado como balneario en un principio, por aquel entonces, cercanos al año 2000, se había convertido en un souvenir más, concurrido por miles de turistas cada día. El ayuntamiento se encargó de sacarle las zarzas y limpiar los mosaicos, y aquella fotografía, con el toque salvaje de la entrada a unas ruinas abandonadas, distaba mucho del recuerdo que guardaba Antonio en su memoria.

    Antonio terminó abandonando la clasificación del polvo y los ácaros a otro momento, y lo guardó todo en el altillo, junto a extraños artefactos de teletienda y botes de pintura. No hay que mencionar que Antonio no volvería a revisar nunca las fotografías. Todo lo que entraba en el altillo quedaba almacenado irremediablemente, quizás al cavo de muchos años o incluso los próximos inquilinos tuvieran el valor de sacar todo lo que ahí esperaba.
    Pasaron las semanas y Antonio seguía su vida placidamente, de casa a la oficina, de la oficina a casa, matasellando y apuntando con letra diminuta y enfermiza en la agenda citas y demás eventos. Un tarde, al salir antes del trabajo, decidió coger el autobús e ir a visitar el parque Güell, ese parque que apenas recordaba de pequeño, cuando jugaba en la arena al lado de su madre, ese parque de la fotografía de su abuelo, selvático y misterioso.

    Al llegar eran casi las 8 de la tarde, y las infinitas cámaras pegadas a un turista que atiborraban la zona durante el día se habían ido diluyendo poco a poco en sus hoteles.
    El parque seguía, con escasa diferencia, tal y como lo recordaba de su niñez; La salamandra de mosaico, la gran escalinata, la fuente gorgoteante. Desde encima de la sala hipóstila Antonio podía contemplar la ciudad humeante, bulliciosa y enfadada, que contrastaba con la dulzura mágica de las casas de Hänsel y Gretel. En contraposición con la sucia realidad de la urbe, las formas orgánicas e imposibles que conformaban el recinto parecían pertenecer a otro mundo, un pellizco de ensueño flotando en el asfalto.

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    Saliendo de la zona más concurrida un paseo de tierra rodeaba todo el parque como una serpiente mordiéndose la cola. Por él, intermitentes enjambres de corredores aparecían con rítmico galope, para desaparecer en breve.

    Antonio siguió la corriente del sendero que subía zigzagueante hacia la cubre del recinto. Caminos que se dividían y la creciente espesura, al poco rato, ya se encontraba solo, con la crepuscular luz del atardecer pintándole la espalda. Al final de su trayecto, en la cúspide, una montaña de piedras coronada por tres cruces marcaba el punto más alto del parque.

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    Antonio se sentó en las escaleras que bordeaban el Calvario visiblemente cansado por la subida. Respiró profundamente, y clavó la mirada en el la montaña del Tibidabo, trazada en la lejanía. Las sombras se alargaban terriblemente, y la oscuridad embadurnaba lo que el rojo no se atrevía.

    Distraído, sacó las llaves de casa, y sin saber exactamente porqué, presa de un instinto atemporal, escribió con ellas en la piedra: “Retener”.

    ########################################

    70 años atrás su abuelo Eusebio subía por la ladera del parque Güell donde había ido a pasar el día con Anna, la chica con la que actualmente festejaba y sería su futura mujer, así como un grupo de amigos de los dos. Después de deambular ensimismados, comer un piscolabis en la hierba, y reír largo y tendido, todos ellos se habían ido a casa dejando a Eusebio solo. El parque se encontraba desierto, pocos eran los que se aventuraban cuando menguaba el sol entre sus muros, temerosos de topar con ladrones o locos.

    A Eusebio le sorprendía enormemente la excentricidad de la arquitectura ahí imperante, enroscándose sobre si misma, latente y viva, y aún más si cabe, el hecho de haber detectado el símbolo de la orden de la Rose Croix en uno de los plafones del techo de la sala de columnas dóricas.
    ¿Se trataba quizás de un templo masónico encubierto? –fantaseaba él- Un centro ritual de significado oculto y esotérico, donde bandas de acólitos en túnicas negras realizaban ceremonias dedicadas a entes innombrables y blasfemos.

    Ciertamente, Eusebio ya hacía tiempo que sospechaba que todo aquel movimiento modernista escondía algún tipo de filosofía mística detrás. El naturalismo, las formas serpentinas y ancestrales, le despertaban la intuición de que aquello pertenecía a una devoción remota, pre-romana, de cuando los dioses y los hombres aún habitaban la misma tierra. Absorto en estos pensamientos llegó a una encrucijada. Sin pensarlo, con el objetivo de alcanzar la cúspide del parque, pasó entre las dos bifurcaciones monte arriba.

    p1016884_2.jpg

    El ocaso asomaba en el horizonte cuando llegó al Clavario, esa antigua capilla cubierta y tapiada con piedras a forma de túmulo megalítico. El viento gimoteaba a intervalos, y por un instante, la luz que se proyectaba sobre el prisma de la realidad mostró un espectro poco habitual. Alguien había grabado en una piedra la palabra “Retener”, y Eusebio, aficionado a los palíndromos, no pudo soportar la tentación de completar con un canto afilado “… en éter”.

    En esa misma piedra el tiempo formal se había doblado. Realmente, Antonio no escribiría nada, como en un espejo, simplemente el pasado se reflejaría al revés.

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