Tempus fugit, vieja Morla



Alrededor de mi padre, tres de sus  amigos de infancia intentaban simular cierta normalidad ante un hombre que había perdido la capacidad de entender las palabras. Un ictus inesperado le había arrebatado el verbo y la praxis, y ya no sabía cómo se utilizaba el tenedor o se daban las gracias. Pero el corazón y los sentimientos seguían intactos, porque el sufrimiento o el amor, como ocurre en los perros, no están supeditados a la razón. «Qué mayores nos hemos hecho», dijo uno sus amigos.  «Es que ya tenemos 60 años, ya no somos unos críos», añadió otro. Y vi como en ese instante alguno de ellos se daba cuenta de que estaba envejeciendo.  Vi al niño con pantalones cortos mirarse las manos, y descubrir que eran temblorosas y  arrugadas. Mi padre hacía tiempo que lo había descubierto, creo yo, o por lo menos eso deduzco de la pena que expresaba al enterarse del fallecimiento de una persona joven:  «Cuando uno ya ha vivido su vida, no importa morir —decía en los tiempos en que todavía conservaba el habla—. Pero un joven es una lástima, no ha tenido su oportunidad».

Aunque en distintos momentos, tarde o temprano  a cada uno le llega su particular epifanía, y toma consciencia de que el mundo envejece.  De que no solo pasa el tiempo, sino que su mundo envejece. Porque no hay otro mundo más allá del que inventamos y damos sentido, aquel que tejemos dentro de la mente y nos acompaña. A algunos les pasará a los 25, a otros en la crisis de los 40, y hasta a algunos les pillará en el geriátrico. Pero nuestro mundo envejece inexorablemente. Eso, es inevitable.

Los cuerpos, cual cascaras marchitas al sol, se arrugan y degradan. Las paredes que un día enmarcaron una existencia son demolidas, y la escuela que nos crió o la casa en que crecimos se ve reducida a escombros, transfigurada en una pila de recuerdos polvorientos y abandonados. Puede que hasta no nos reconozcamos en el espejo. Hayamos engordado o el rostro que recordemos reste oculto bajo las cicatrices que en el caminar vamos acumulando.  Y descubrimos que aquellos cantantes —léase artistas, poetas o referentes—  que nos acompañaron cuando amábamos, han muerto, o en el mejor de los casos son una sombra macabra de lo que fueron. Los maestros se van. Los padres se van. Hasta algunos amigos se van también. Es el mundo que envejece y nos arrastra. El mundo en que nacimos, que es un mandala de arena que el viento  de la vida se va llevando poco a poco.

¿Pero qué está pasando? —me pregunto con desazón al ver a nuestros mayores, tal que un espejo del mañana—.  ¿Por qué los viejos no cantan? ¿Por qué han dejado de soñar? ¿Qué alegría primordial se ha secado en sus corazones? …que por afinidad, debe estar secándose dentro de mí. ¿Por qué parece imposible mantener ese  fuego vivo, cuando las décadas pasan? Quizás los sabios taoístas tenían razón, y la vitalidad se fundamente en la energía sexual, y sin ella, el alma envejezca. Sin embargo no está todo perdido —me aliento recordando a ciertos genios—,  algunos mayores mantienen la chispa, el interés o la alegría. Son los menos,  es verdad, y como el corredor, conservan parte de su capacidad por la práctica que contrarresta el menguar del desuso.

El tiempo vuela, es un conejo galopante —diría ese pequeño espíritu poeta de antaño, hoy en día más una montaña contemplativa, a lo vieja Morla—. Así que al darnos cuenta que nos cansamos más al andar podemos tomar dos caminos: O bien asumir que es inevitable y disfrutar de lo que la vida nos permite,  o bien luchar en una batalla perdida de antemano que durará hasta nuestra muerte. ¿Asumir o luchar? ¿Asumir o luchar?  Qué disyuntiva… O puede que sea más acertado unir las dos, y diluir la contraposición en el vacío: asumir y luchar.

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