Expandir | Contraer



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Por las inmediaciones del Delta del Ebro reencuentro la naturaleza de piel cetrina, radiante y desolada por un verano que se apresura en llegar.

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Duendes y gigantes habitan estas tierras cobrizas, custodiando el oro que todo lo tiñe al atardecer. Un camino me indica el curso de nuestra historia. Andamos y andamos sin saber donde nos llevará.

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Y ahí en el horizonte, al caer la noche, nuestro destino emerge entre humos y fuego… tatareo: habrá que reinventarse… por enésima vez.

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    La libertad es algo extraño. No existe fuera de nuestras mentes, no es más libre el aborigen Konso que el oficinista o que el preso, y aún así, allí está. Una mañana soleada nos levantamos y nos sentimos libres, el aire parece menos denso y la luz nos acoge en su regazo. Ese día nos hemos otorgado el don de la libertad.

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    La libertad se conforma como contraposición al cautiverio. ¿pero qué nos atrapa? ¿Quién sujeta nuestras manos y cuarta nuestras vidas? Si analizamos el esclavismo de la época clásica, la sumisión en el trabajo o en el amor, o la etología de muchos mamíferos durante el apareamiento, veremos que es la víctima  quien acepta la relación de subyugación que se le plantea, se posiciona en un papel recesivo del que es muy difícil salir. El perdedor abandona su lucha y acepta la nueva situación (por ahí oí decir que el triunfador es aquel que camina con alegría entre fracaso y fracaso). Es pues, una jaula mental, ficticia, que te apresa y no te deja ver que la puerta del calabozo está abierta.

    Sin llegar a extremos, todos hasta cierto punto estamos enjaulados por decenas de asunciones de poder, en que algunas veces ejerceremos de verdugos y otras de víctimas. El trabajo, la pareja, la familia, el estado, dios … Todas estas relaciones son producto de nuestra psique, su legitimidad es un frágil acuerdo, que más de uno nunca se ha planteado poder romper. Potencialmente nadie es nada respecto a otro, los límites los definimos cada uno de forma interna.

    Por consiguiente, la actitud adoptada es el eje de lo que somos. Parece una tontería, pero al rico le es fácil conseguir más dinero por el mero hecho de no importarle el dinero. Así, en tantas otras cosas, tener la actitud correcta nos proporciona un beneficio concreto.

    kyudoMe acabo de acordar de un cuento Zen sobre el Kyudo, el arte japonés del tiro con arco. La síntesis del cuento era que, a la hora de tirar con el arco a la diana no debía apuntarse, eso era lo menos importante. Lo fundamental era seguir los pasos correctos, la respiración, y estar en paz con el universo. Si se conseguía el estado mental adecuado, dar en el centro de la diana era simplemente una consecuencia directa.

    La libertad es algo extraño. Es desatarse poco a poco, deshacer los nudos que hemos ceñido fuertemente a nuestras muñecas, y empezara vivir sin miedo.

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    Aburridos de cenas en restaurantes los sábados por la noche y algo arruinados algunos, últimamente estamos cogiendo la costumbre de organizar banquetes temáticos en nuestras casas. Es mucho más barato, y descubres sabores y aromas nuevos, además de pasar un buen rato con los amigos. Este fin de semana tocó “fiesta griega”, con magníficos platos como la musaka, la ensalada de pepino con yogur, champiñones con feta, o la ternera con olivas.

    Para terminar la velada preparé un juego ambientado en la Grecia clásica, “el Juego de los Dioses”le llamé-, una especie de “juego de la oca” mezclado con el “Party”, con la idea en la cabeza de esas películas de los años 50 donde los olímpicos jugaban con los mortales como una partida de ajedrez. El objetivo era conseguir el mayor número de Dracmas posibles antes de que alguno de los héroes llegara al final de sendero de baldosas multicolores, donde esperaba el fantabuloso monte Olimpo.

    Había tres tipos de cartas que debías coger al caer en la casilla de color correspondiente. Los “retos olímpicos”, “el oráculo de Delfos” y los “designios divinos”. Las primeras, los retos olímpicos, eran pruebas variopintas de mímica, habilidad, o retentiva. Las segundas, el oráculo, preguntas de verdad o mentira, donde poner a prueba el conocimiento de los demás. Las terceras,  antojos divinos que bien podían colmarte de dracmas o hacerte perder tus riquezas acumuladas.

    En realidad el juego no aportaba muchas novedades al mundo del entretenimiento, era un conglomerado a retazos de otros juegos, sin embargo, quizás sí que había un aspecto algo diferente. Cada jugador participaba de forma individual, pero para desarrollar pruebas y ganar dracmas lo hacía de forma conjunta. Normalmente la prueba la realizaba junto al jugador de su izquierda, poniendo el reto el jugador de su derecha en caso de tener que determinar algún factor de dificultad. Si lo conseguían ganaban dracmas los dos participantes. Bueno, de entrada no parece nada especial, aunque la gracia del asunto era que de forma periódica los jugadores iban cambiándose de sitio al caer en una casilla llamada “orgía dionisíaca”. Otro tipo de pruebas eran de confrontación con ese mismo jugador de su izquierda que antes había sido tu aliado. Con este método, las afinidades y alianzas mutaban e iban modificándose a cada minuto, creando un sistema de colaboración-confrontación competitiva.

    Descargar  “El Juego de los Dioses”

    Nota: Para los dracmas puedes utilizar cualquier tipo de ficha, moneda o legumbre. Para la “verdadmentira” nosotros utilizamos una pieza de plástico rojo y otra azul. Finalmente, hay retos olímpicos de memorización en que se hace referencia a la página de un libro. Este es la versión ilustrada de “la Odisea” de Rafael Mammos (con las ilustraciones de Pep Montserrat), pero en su lugar puedes utilizar impresiones de obras clásicas o lo que se te ocurra.

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    Conejo blancoLa sensación que a medida que nos hacemos mayores el tiempo pasa más deprisa es un fenómeno generalizado en la especie humana, que a pesar de ser un misterio que nos acompaña desde que somos sapiens pocos han fijado su mirada en él.

    ¿Porque ocurre esto? ¿Es una realidad o solo una percepción errónea? Bien, de entrada podría argumentarse que se trata de un agravio comparativo, cuando tenemos cinco años un día de nuestra vida representa una porción bastante importante de lo vivido hasta entonces, sin embargo, a los cincuenta años, un día es una muesquita en nuestra historia. Pero esta tesis es poco sólida, por lo menos como fuente principal del efecto de que el tiempo es un conejo galopante.

    El tiempo es relativo, eso lo sabemos, físicamente cada cuerpo tiene su propio tiempo diferenciado, que al acercarse a velocidades muy elevadas se dilata, aunque todos andemos muy despacito aquí en la tierra; perceptivamente, cuando nos lo pasamos bien el tiempo parece transcurrir más deprisa que cuando nos aburrimos.

    Un día diferente, en que realizamos muchas actividades nuevas nos va a parecer que se engloba en un espacio temporal más grande de lo que realmente es;  un día en la oficina, otro monótono día en la oficina, es un suspiro.

    tiempo¿Que nos están diciendo estos signos? Seguramente que la percepción del tiempo esté muy atada a la atención que ponemos en la vida. Los niños, libros en blanco ávidos de estímulos, tienen una gran capacidad de aprendizaje. Es propio de su naturaleza, su cerebro está atento a tantas y tantas cosas nuevas para retener el máximo posible de información. Con los años, la capacidad de aprendizaje de la mayoría de personas decrece, a la par que aumenta su sensación de velocidad en la carretera de la vida. Es probable que la clave para tener una vida larga y no fugaz sea tener la misma actitud que tiene un niño. Un hombre envejece a medida que pierde la capacidad de sorprenderse, cuando empieza a creer que las cosas son como cree que son y ya no es necesario fijarse en ellas. Como decía Séneca en “de la brevedad de la vida”, dedicamos mucho tiempo a menesteres vacíos, tales como trabajar o conseguir pareja, y muy poco a nosotros mismos. A observar, y regurgitar lo observado. A  entender nuestro interior.

    Quizás una prueba de esta teoría sería el efecto que han experimentado algunas personas en situaciones de alta tensión. Cuando el cerebro percibe una situación de vida o muerte empieza a recoger información a través de los sentidos de forma acelerada, se revoluciona la máquina y procesa opciones y previsiones a velocidades vertiginosas. La sensación de las personas que han vivido situaciones extremas es que, en esos momentos en que su vida pendía de un hilo, el tiempo se ralentizaba y todo pasaba más despacio. Los segundos se convierten en minutos, y los minutos en horas. Pero realmente no se trata de una sensación, esas personas estaban viviendo más tiempo en el mismo espacio en que nosotros vivíamos menos.

    Así pues, lo mejor que podemos hacer es trabajar menos, experimentar más, fijarnos en los delicados matices de la existencia, y terminar el día mirando al horizonte. ¡Que no se pierdan los minutejos que aún nos quedan!

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    En las tierras pirenaicas de Massat, en Ariège, Francia, siguiendo una ruta llamada de “Ker” existe un pequeño altar de piedra, misterioso, que cobija una estatuilla de madera de fábrica tosca, angulosa, y ciertamente cabezona. El estilo de la talla es antiguo, recordándonos las representaciones románicas catalanas, con su bizantinismo y simplicidad propia de aquellos primeros años de la cristiandad sud-europea.

    Encima la guarida del ídolo una fecha parece conmemorar alguna hazaña o prodigio: 1769. Mil setecientos sesenta y nueve –repito- ¿Qué debería haber pasado por esos derroteros? Ninguna señal daba pista alguna.

    Al volver a Barcelona investigué un poco sobre el tema, y descubrí que en 1769 había nevado copiosamente en la zona. Todo quedó cubierto por un espeso manto blanco de nieve, todo, menos una franja de tierra en medio de la montaña. Sin que hubiera explicación plausible los lugareños excavaron en lugar. A los pocos metros encontraron un sarcófago que contenía el cadáver, en excelente estado de conservación, de un hombre viejo y de aspecto descuidado. Sus manos se cerraban fuertemente a un crucifijo de plata

    Algunos habitantes de la zona especularon que quizás se trataba de un ermitaño del siglo XIV llamado Jouanillou que solía ir a la montaña a rezar y a encontrarse con Dios. Sea como fuere, era indudablemente un milagro, y se erigió el oratorio para conmemorar el hecho.

    Subiendo unos pocos metros desde el monumento llegamos a la cumbre del monte, allí se levantó una gran cruz visible desde la lejanía a mucha distancia, puede que como marca  de que en esa montaña reposaba un espacio sagrado.

    Saint Branda, sigue siendo un pequeño gran misterio.

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